El corporativismo es hijastro del estatismo. El mismo paternalismo del Estado que trata a sus súbditos como niños, por extensión, se encuentra en las corporaciones que ven a sus empleados como recursos prescindibles. Las corporaciones son franquicias apenas disfrazadas del estado fascista y socialista. No es casualidad que para mantener su buena reputación deban adoctrinar a sus empleados. Nada de esto debería confundirse jamás con el capitalismo de libre mercado.
La relación empleador-empleado es un modelo deficiente entre padres e hijos, con la excepción de que tus padres te aman y se preocupan por ti. Las corporaciones simplemente crean la ilusión de seguridad. Todos los rituales burocráticos de la gestión de recursos humanos no son más que protecciones legales contra demandas bajo la apariencia de desarrollo de los empleados.
Es cierto que la gente no deja las empresas; dejan malos gerentes o jefes. De hecho esa es la única relación relevante y el resto es humo y espejos. A menos, por supuesto, que alguien por encima del gerente decida cortar el cordón.
¡Eres tu propia entidad y no perteneces a nadie más! Es su carrera la que debe desarrollar, no la de su gerente o su empresa. Te necesitan hasta que dejan de hacerlo. Y en un abrir y cerrar de ojos esa relación puede romperse. No es personal, es negocio. Sus principios y ética son suyos, no de su «empleador».