Muchos creen que la escasez durante un terremoto, huracán u otra catástrofe natural es una consecuencia inevitable del mercado, y no faltan quienes citan estos casos como ejemplos de los límites de un mercado libre.
Este argumento no es más que otra excusa engañosa del socialismo, culpando al mercado por efectos que, en realidad, son causados por la interferencia del Estado, no por el “capitalismo.”
La lógica nos dice que, cuando los recursos son escasos, lo más sensato es limitar el consumo a lo esencial y fomentar la producción lo antes posible. El mercado ya tiene mecanismos para hacer esto. Sin embargo, bajo el pretexto de la ira populista, el Estado interviene y termina siendo el verdadero responsable de la escasez.
La ley de oferta y demanda no desaparece durante una catástrofe natural, y esta ley se manifiesta a través del mecanismo de los precios. En una emergencia real, los precios suben repentinamente. Esto no es “avaricia,” como muchos dicen, sino una señal completamente racional: indica a los productores que habrá grandes beneficios si pueden suministrar los bienes que están en alta demanda, y al mismo tiempo, alerta a los consumidores para que restrinjan su consumo a lo más necesario. El alza de precios, de hecho, cumple esta función crucial.
Supongamos que algunos proveedores aumentan los precios de manera significativa. En realidad, esto es una invitación abierta a otros proveedores para que entren al mercado, lo que resulta en un aumento de la oferta. A medida que los competidores se suman, buscarán reducir los precios para ganar participación en el mercado, lo que eventualmente lleva a una disminución de precios y una mayor disponibilidad de bienes.
Los políticos populistas rápidamente denunciarán “especulación,” “colusión” y “competencia desleal.” Pero es precisamente esta interferencia estatal en la ley de oferta y demanda lo que genera la escasez, no un mercado libre donde los precios pueden ajustarse de manera eficiente e inmediata.