Antonella Marty describe cómo el concepto de revolución ha evolucionado desde el ámbito político hacia el económico e industrial, lo cual ha transformado el orden global y los modos de vida. Marty sostiene que la revolución política, especialmente en su versión marxista-leninista, buscó derribar las estructuras de poder establecidas y reemplazarlas con sistemas que prometían igualdad y justicia social; sin embargo, muchas de estas revoluciones generaron efectos contraproducentes en términos de libertad individual y prosperidad económica.
La "revolución económica" que sigue a la política, según Marty, es una consecuencia directa de la búsqueda de un modelo centralizado y planificado en el cual el Estado asume el control de los recursos y la producción. Este tipo de economía, promovido por líderes revolucionarios, plantea una ruptura con el capitalismo y el mercado libre. Sin embargo, Marty argumenta que estas economías han demostrado ser menos eficientes, y en muchos casos, han empeorado la pobreza y desigualdad que pretendían erradicar. Este fracaso ha llevado a varios países a replantearse el papel de la economía de mercado como un medio de crecimiento y de reducción de la pobreza.
Por otro lado, la "revolución industrial" representa un cambio trascendental y más bien neutral en términos ideológicos: es un proceso que ha redefinido la producción, el trabajo y la tecnología a lo largo de varios siglos. Marty sugiere que la revolución industrial, especialmente en su etapa digital y tecnológica, ha empoderado a las personas para acceder a una calidad de vida más alta y ha democratizado el acceso a bienes y servicios. A diferencia de las revoluciones políticas, la industrial no se basa en la imposición ideológica, sino en avances prácticos y científicos. Marty destaca que, en lugar de rechazar estos cambios como hace el discurso anticapitalista de ciertos movimientos revolucionarios, se debería promover la innovación y la integración de tecnologías para fomentar el desarrollo económico sostenible.
En este sentido, Marty cuestiona cómo algunas revoluciones políticas y económicas han tendido a rechazar o limitar el avance industrial y tecnológico, pues consideran que exacerban desigualdades. La autora defiende la idea de que, lejos de perpetuar la pobreza, la revolución industrial ha sido un catalizador para el progreso humano en términos económicos y sociales, una visión que contrasta con los modelos económicos centralizados que suelen asociarse con los movimientos revolucionarios políticos del siglo XX.
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De la revolución política a la revolución económica y la revolución industrial.