El totalitarismo comienza con la negación de la economía.

El totalitarismo se fundamenta en el control absoluto del Estado sobre todos los aspectos de la vida, incluyendo la economía. Sin embargo, para alcanzar este dominio, los regímenes totalitarios deben negar o suprimir las leyes naturales de la economía, como la oferta y la demanda, la libertad de mercado y los derechos de propiedad. Este acto no solo precede al establecimiento del control total, sino que lo facilita al eliminar los mecanismos de autogestión económica que fortalecen la autonomía de los individuos y las comunidades.

La economía como barrera a la centralización del poder.
La economía, basada en principios como la propiedad privada, el intercambio voluntario y los incentivos individuales, actúa como un contrapeso natural al poder estatal. En sociedades donde estas leyes económicas son respetadas, el poder del Estado encuentra límites claros:

Los ciudadanos poseen recursos que les permiten resistir medidas opresivas.
La actividad económica independiente fomenta la diversidad y la competencia, reduciendo el monopolio del poder.
Por ello, los regímenes totalitarios buscan negar o destruir estos principios, presentándolos como fuentes de desigualdad, caos o explotación.

La negación de las leyes económicas
Al negar las leyes económicas, los regímenes totalitarios rechazan la idea de que existen reglas objetivas e inmutables que rigen la producción y distribución de bienes. En su lugar, promueven la noción de que la economía puede ser completamente planificada y controlada por el Estado.

Oferta y demanda: Se rechaza como un sistema injusto, reemplazándolo con precios fijados y cuotas de producción.

Propiedad privada: Es considerada como la raíz de la desigualdad, lo que justifica su eliminación en favor de la propiedad estatal o colectiva.
Iniciativa individual: Se reprime, ya que es vista como un obstáculo para la "unidad" y el "bienestar colectivo."


Medidas derivadas de la negación económica.

La negación de las leyes económicas permite la implementación de políticas que destruyen la autonomía económica de los ciudadanos y facilitan el control totalitario. Entre ellas:

Planificación centralizada: El Estado decide qué se produce, cuánto y para quién, eliminando la espontaneidad del mercado.

Expropiaciones: La confiscación de propiedades privadas se justifica como una medida para lograr la "justicia social."

Control de precios y salarios: Se establecen límites artificiales, lo que distorsiona los incentivos y genera escasez.

Monopolios estatales: Se elimina la competencia para que el Estado sea el único proveedor de bienes y servicios.

Economía y libertad, un binomio inseparable.
La negación de la economía no es solo un paso técnico, sino un elemento ideológico fundamental para el totalitarismo. Al destruir las bases económicas que sostienen la libertad individual, los regímenes totalitarios eliminan cualquier resistencia al poder absoluto. Por ello, la defensa de las leyes económicas no es solo una cuestión pragmática, sino un acto esencial para preservar la libertad frente a cualquier intento de tiranía.
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