Hoy en día, muchos conflictos se reducen al reclamo colectivo de una etnia sobre un territorio. Estos conflictos son casi intractables porque la historia demuestra que distintos grupos han ocupado los mismos territorios en diferentes momentos. El “estado” no es más que un reclamo temporal, sostenido por la fuerza de las armas o el poder político del momento.
Entonces, ¿quién es el verdadero dueño? Si descartamos el concepto de derechos colectivos y reconocemos que la naturaleza no pertenece a ningún grupo, la respuesta intelectual más honesta es que solo los propietarios privados de tierras cultivadas o desarrolladas tienen un título legítimo, siempre que no hayan adquirido esas tierras mediante fuerza o fraude.
Ninguno de estos conflictos es necesario. Surgen únicamente porque se insiste en atribuir al estado la legitimidad como “dueño absoluto”.
En el noreste de Siria, por ejemplo, los kurdos, turcos, árabes, drusos y otros grupos han ocupado este territorio en diferentes momentos de la historia.
¿Por qué no se puede vivir en paz? En un mercado verdaderamente libre, bajo un sistema de ley policéntrica, la necesidad de conflictos desaparece. Las disputas se podrían resolver a través de cortes privadas de arbitraje y agencias de protección de derechos.
El conflicto persiste porque, como se ha dicho, “la guerra es la salud del estado” (Randolph Bourne).
El cambio llegará cuando dejemos de considerar al estado como una entidad legítima y comencemos a reconocer que los derechos innatos de los seres humanos no derivan del poder estatal, sino de su propia naturaleza.
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