Publicó Rebelión en la Granja, una fábula que expone con una claridad devastadora cómo el poder absoluto corrompe y cómo las revoluciones pueden traicionar a quienes las hicieron posibles. La obra, concebida como una sátira del estalinismo, trascendió su contexto histórico para convertirse en un espejo universal de los regímenes totalitarios. Por esa causa, llegamos a la adultez primera sin poder acceder al libro a pesar de ser incentivados desde pequeños a adquirir el hábito de leer en Cuba. Las metáforas en torno a aquella granja, tomada por los animales, dirigida por cerdos glotones y déspotas; donde se producían muchas manzanas sólo para consumo de la élite porcina y la hermosa yegua Molly estaba relegada a labores de labranza, obligada a nostalgiar de las cintas y collares que había lucido en el pasado, resultaban muy subversivas para los censores. Sin embargo, los intelectuales que salían al mundo real incluso en aquellos años se encargaban de poner tamaña genialidad en manos de los más jóvenes. Y así llegó a mí Rebelión en la Granja, a los 31 años, en pleno proceso de formación profesional y convertida en un mar de inquietudes. Hoy, más que una siemple advertencia literaria, el mensaje de aquella obra sempiterna de George Orwell resuena de manera inquietante en la realidad política de Cuba. En aquella isla, "faro y guía de la libertad", las promesas revolucionarias se transformaron en un sistema que reproduce los mismos vicios que decía combatir y quienes detentan el poder acaparan las manzanas, como los cerdos, en tanto el pueblo sobrevive al borde de la inanición.
𝑬𝒍 𝒄𝒊𝒄𝒍𝒐 𝒅𝒆 𝒍𝒂 𝒕𝒓𝒂𝒊𝒄𝒊𝒐́𝒏 𝒓𝒆𝒗𝒐𝒍𝒖𝒄𝒊𝒐𝒏𝒂𝒓𝒊𝒂
En Rebelión en la Granja, los animales liderados por los cerdos, se rebelan contra el opresivo granjero Jones, anhelando una sociedad justa e igualitaria. Su manifiesto, "Todos los animales son iguales", se convierte en el eje de su lucha. Sin embargo, a medida que los cerdos asumen el control, los ideales revolucionarios se desmoronan, y la granja se convierte en un nuevo régimen de explotación. Napoleón, el líder supremo de los porcinos, manipula, reprime y perpetúa un sistema donde "algunos animales son más iguales que otros". El paralelismo con la Revolución Cubana es ineludible. En 1959, Fidel Castro y su movimiento derrocaron al régimen de Batista bajo la promesa de justicia social, soberanía y prosperidad para el pueblo. Pero, al igual que en la granja de Orwell, el sueño revolucionario se desvirtuó. La concentración del poder, el control absoluto del Estado y la represión sistemática de cualquier disidencia transformaron a los líderes revolucionarios en una nueva élite que gobierna desde la cumbre mientras el pueblo carga con el peso de las promesas incumplidas.
Orwell muestra en su obra cómo los líderes totalitarios utilizan la propaganda para consolidar su poder. En la granja, el cerdo Squealer reescribe continuamente la historia, distorsiona la realidad y convence a los animales de que los sacrificios impuestos por Napoleón son necesarios para el bienestar común. En Cuba, el aparato estatal ha mantenido durante décadas un discurso propagandístico que exalta los logros de la revolución mientras minimiza sus fracasos. La narrativa oficial justifica la pobreza, el desabastecimiento y la represión como consecuencias del embargo estadounidense, sin asumir la responsabilidad de un sistema que se resiste al cambio. La información independiente es censurada, y quienes alzan la voz enfrentan persecución, encarcelamiento, torturas de todo tipo, anulación académica o el exilio.
𝑳𝒂 𝒆𝒄𝒐𝒏𝒐𝒎𝒊́𝒂 𝒅𝒆𝒍 𝒔𝒂𝒄𝒓𝒊𝒇𝒊𝒄𝒊𝒐
Una de las críticas más potentes de Orwell gira en torno al hecho de que los regímenes totalitarios utilizan el "sacrificio" como excusa para perpetuar las desigualdades. Mientras los cerdos disfrutan de privilegios, el resto de los animales trabaja incansablemente sin recompensa. En la Cuba actual, el pueblo sigue cargando con el peso de las crisis económicas, los apagones, la escasez de alimentos y los salarios insuficientes. Por el contrario, la élite política vive en condiciones que contrastan marcadamente con la realidad de la mayoría. Sandro Castro, el nieto del líder supremo, se encargó de demostrarlo más de una vez, aunque hecho sabido es que ese patán sólo es un minúsculo ejemplo de la concentración de riqueza y opulencia entre quienes dirigen el país cual amo de finca en época de la esclavitud colonial. La promesa de igualdad de la revolución cubana cedió terreno a una sociedad estratificada, donde los privilegios son determinados por la cercanía al poder o por compadrazgos de naturalezas inimaginadas por el común de los mortales. Los tejedores de la corrupción actúan en impunidad total y los círculos de sus telarañas se extienden sobre buena parte del globo terráqueo.
𝑳𝒂 𝒅𝒊𝒔𝒊𝒅𝒆𝒏𝒄𝒊𝒂 𝒄𝒐𝒎𝒐 𝒆𝒔𝒑𝒆𝒓𝒂𝒏𝒛𝒂
En la obra de Orwell, los animales terminan resignados, incapaces de rebelarse nuevamente. La mirada superficial a lo que acontece lleva a muchos a concluir que sucede igual en Cuba. Y sí, el terror y la desesperanza sólo engendran inmovilismo, pero nunca hay que olvidar las protestas masivas a partir del 11 de julio de 2021 ni aquel sorprendente Nuevitazo del 18 de agosto de 2022. La fuerza demostrada por el pueblo cubano tras más de medio siglo de atropellos -y, sobre todo, la evidenciada por una juventud desafiante y aguerrida-, despertó a muchos desde entonces y a estas alturas nadie puede negar que el descontento popular sigue vivo. La muerte en prisión de cuatro jóvenes de aquellos, que remecieron la conciencia ciudadana e hicieron tambalear a los déspotas, fertilizó aún más el suelo donde crece la determinación. Las noticias de la represión contra los más de mil apresados por las autoridades de manera arbitraria a partir de esas oleadas de protestas continúan abonando el terreno. La ceguera está desapareciendo a pesar (y por) de los cortes recurrentes de la energía eléctrica. Orwell lo advierte. Los sistemas opresores no caen por sí solos; es necesaria una ciudadanía consciente que rechace la manipulación y exija un cambio real. El caso de Cuba es emblemático: para romper el ciclo de opresión, el pueblo necesita reconstruir un espacio donde las voces críticas puedan expresarse sin miedo y donde la verdad no sea objeto de manipulación. Pero el descontento popular es un motor de combustión y la protesta ciudadana el catalizador. El pueblo cubano puede sorprendernos de manera radical en cualquier momento.
Rebelión en la Granja no es solo una obra literaria, sino una radiografía de los mecanismos del poder. La perversidad del régimen cubano, al igual que la dictadura de Napoleón, radica en su capacidad para justificar la opresión en nombre de un ideal. Pero la obra también deja una advertencia clara: mientras no se reconozca el derecho a la libertad y la igualdad real, los ciclos de traición seguirán repitiéndose. Ochenta años después, el mensaje de Orwell permanece vigente. En la Cuba actual, donde el pueblo lucha contra la opresión disfrazada de revolución, Rebelión en la Granja es un recordatorio de que la libertad no se concede; se conquista. Es una llamada a cuestionar, a resistir y, sobre todo, a no aceptar nunca que "algunos sean más iguales que otros".