La ISO define un producto como el resultado de un proceso. Pero cuando reflexionamos realmente sobre esa definición, nos damos cuenta de que va mucho más allá de un bien comercial: se aplica a cada resultado que creamos, ya sea para un cliente externo, un equipo interno o incluso un sistema que depende de él.
¿Qué significa esto para la calidad? Significa que el trabajo inconcluso no es un producto. Que un proceso defectuoso no produce calidad. Y, lo más importante, que una suposición no es una prueba.
Un útil de fijación, por ejemplo, es el producto del diseño, la fabricación y la inspección de herramientas. Si no podemos probar que cumple con sus especificaciones, debemos considerarlo sospechoso. La inspección de la primera pieza (FAI) proporciona evidencia objetiva, pero muchos recurren a la lógica circular, refiriéndose a los dibujos de las piezas como prueba de la precisión del útil, sin verificación independiente. Este mismo razonamiento defectuoso se encuentra cuando un dibujo insinúa condiciones ambientales sin evidencia verificable.
El verdadero peligro no está en lo que dejamos de inspeccionar, sino en la deshonestidad intelectual de nuestras transiciones. El diablo no se esconde en los detalles, sino en los vacíos entre ellos.
Las regulaciones, los estándares y el software pueden exponer la lógica defectuosa, pero no pueden inculcar integridad. Podemos engañarnos creyendo que estamos garantizando la calidad, cuando en realidad solo estamos inspeccionando y filtrando defectos. La calidad no se garantiza al final de un proceso; debe integrarse en él desde el inicio.
Por eso, los controles de diseño y la gestión de riesgos deben estar entretejidos en la esencia misma de nuestros procesos. Sin embargo, ni siquiera estos son un sustituto del verdadero rigor en el diseño y la mitigación de riesgos. La pregunta no es si debemos incorporar la calidad en nuestros procesos, sino cuándo, y la única respuesta aceptable es: desde el principio.