Quienes insisten en separar los negocios de la política no entienden ni lo uno ni lo otro.
Contrario a la creencia popular, los conglomerados y corporaciones no son el resultado natural de los mercados libres. No son hijos del capitalismo. En realidad, crean una ilusión de competencia mientras funcionan como agencias subcontratadas del gobierno. Las corporaciones son mecanismos de redistribución de riqueza, cuidadosamente disfrazados de compensaciones y beneficios. Sirven como laboratorios de políticas sociales, implementadas bajo el pretexto de cumplir con mandatos gubernamentales.
Discriminan en nombre de la seguridad nacional, las leyes antidrogas y el salario mínimo. Operan como vasallos feudales, fingiendo ser entidades independientes y competitivas. El sistema de contabilidad de costos es tanto un refugio fiscal como un mecanismo de recaudación de impuestos. ¿Fusiones y adquisiciones? Son movimientos estratégicos en un tablero controlado por el gobierno, asegurando que los «demasiado grandes para fallar» siempre ganen.
Las corporaciones, al igual que los gobiernos, son construcciones ficticias—actores en un escenario.
Entonces, ¿qué es real? Los emprendedores son reales. La innovación es real. Las personas son reales. Las relaciones son reales. Ya sea que pases toda tu carrera en una empresa o te muevas entre industrias, lo que realmente importa es el impacto que tienes en los demás.
La mejora continua y la gestión del cambio no existen en el vacío. Están moldeadas por estas fuerzas mayores. Pero eso no es razón para desesperarse—es una oportunidad.
Cuando te das cuenta de que el emperador está desnudo, empiezas a ver el mundo tal como es. Y con eso, surgen nuevas posibilidades.