La polarización política y la crisis de representación no son fenómenos nuevos en la historia política, pero en las últimas décadas han tomado una forma particularmente maligno. Las instituciones de la democracia liberal, diseñadas para canalizar la pluralidad de opiniones y proteger las libertades individuales, se ven cada vez más desbordadas por la emergencia de liderazgos populistas que prometen soluciones rápidas, restauración de la “voluntad del pueblo” y rechazo frontal a las élites. Desde la perspectiva de la Escuela Austríaca de economía, este fenómeno puede entenderse como consecuencia de una combinación peligrosa: la expansión del Estado más allá de sus funciones naturales y el debilitamiento del individuo como agente soberano.
El origen del problema: democracia y colectivismo.
Ludwig von Mises, uno de los pilares del pensamiento austríaco, advirtió en Liberalismo (1927) que “el liberalismo no es en sí mismo democracia, sino que considera la democracia como un medio, no como un fin”. La democracia, Ludwig Von Mises, es el instrumento institucional que permite la convivencia pacífica en sociedades donde no hay unanimidad, pero sólo funciona cuando está acotada por principios liberales: propiedad privada, respeto a los contratos, y limitación del poder coercitivo del Estado.
Cuando la democracia se transforma en una herramienta de redistribución masiva, de manipulación de masas y de intervención omnipresente, entonces pierde su carácter liberal y se convierte en lo que Friedrich Hayek describió como la fatal arrogancia del constructivismo social. En su obra Camino de servidumbre (1944), Hayek argumenta que cuando los gobiernos comienzan a planificar y controlar la economía en nombre de “los intereses del pueblo”, terminan por concentrar poder, estropear las libertades y empujar a las sociedades hacia regímenes autoritarios.
Populismo: reacción o síntoma del intervencionismo.
El populismo, tanto de izquierda como de derecha, emerge como respuesta a las frustraciones que genera un Estado que promete más de lo que puede cumplir. La politización de la vida económica, que incluye subsidios, regulaciones arbitrarias, proteccionismo y sistemas fiscales confiscatorios, alimenta clientelismos y expectativas irreales. El resultado es una ciudadanía dividida, que ya no se siente representada por partidos tradicionales.
Murray Rothbard, en su crítica al estatismo en La anatomía del Estado, afirma que “el Estado es la organización que posee y mantiene el monopolio del uso legal de la violencia sobre un área determinada”. En este sentido, cuando la democracia se convierte en una herramienta para el saqueo legal, Frédéric Bastiat, los incentivos se pervierten y el sistema de representación se corrompe.
Ejemplos como el ascenso de Hugo Chávez en Venezuela o de Donald Trump en EE. UU. muestran cómo las masas hartas de instituciones tradicionales, corrupción y pérdida de poder adquisitivo, son fácilmente captadas por discursos polarizantes que apelan a la identidad y al resentimiento más que a la razón y la responsabilidad individual.
Comparaciones históricas: Roma, la Revolución Francesa y la actualidad.
La crisis de representación no es nueva. En la Roma republicana del siglo I a.C., la concentración de poder en figuras como los Graco o Julio César fue precedida por una profunda desconexión entre las élites senatoriales y las masas empobrecidas. La “voluntad popular” fue usada como excusa para destruir los límites institucionales, con consecuencias catastróficas.
Del mismo modo, en la Revolución Francesa, el ascenso de los jacobinos y su democracia radical se tradujo en un régimen de terror que eliminó cualquier forma de disenso. Ambos casos reflejan cómo la manipulación del concepto de “pueblo” puede destruir el orden liberal.
Hoy, fenómenos como el Brexit, la polarización entre partidos en EE.UU., o el fenómeno Milei en Argentina, muestran cómo las sociedades responden ante sistemas que ya no perciben como legítimos. El populismo no es causa sino efecto: es el espejo de una democracia degradada por el intervencionismo.
Soluciones liberales frente a la crisis.
Desde la óptica de la Escuela Austríaca, la salida no está en un nuevo líder carismático, sino en el redescubrimiento de los principios del orden espontáneo. Como explicó Hayek, las instituciones más estables no son las que diseñamos desde arriba, sino las que emergen de abajo hacia arriba: la familia, el mercado, el derecho consuetudinario, la moral.
Axel Kaiser, en La tiranía de la igualdad (2015), sostiene que “una democracia que no respeta los límites del liberalismo es solo una forma más sofisticada de tiranía”. La clave está en redefinir la democracia no como un proceso de agregación de preferencias, sino como un marco para limitar el poder.
La descentralización, la subsidiariedad, la apertura económica y el fortalecimiento del individuo como actor ético y responsable son los antídotos al populismo. Ludwg Von Mises: “El liberalismo no promete felicidad al hombre, sino la libertad de buscarla”.
La polarización política y la crisis de representación son síntomas de un sistema que ha abandonado sus fundamentos liberales. El populismo, aunque disfrazado de voz del pueblo, no es más que una máscara del estatismo. El pensamiento austroliberal nos recuerda que la libertad no se defiende con mayor concentración de poder, sino con su dispersión: en el mercado, en las comunidades, en el individuo. Solo allí puede florecer una democracia genuina y una sociedad próspera.