En los albores del pensamiento occidental, Platón (427–347 a.C.), discípulo destacado de Sócrates y fundador de la Academia, vivió en un contexto marcado por la agitación política, la decadencia de la democracia ateniense y continuas guerras que provocaron incertidumbre social. En este escenario de crisis, su obra filosófica adoptó una visión intervencionista del orden social. El miedo a la libertad, alimentado por el caos de su tiempo, llevó a Platón a concebir un modelo de sociedad regido por una élite ilustrada: los filósofos-reyes.
Para Platón, la libertad no era un valor en sí mismo, sino un riesgo que debía ser subordinado al bien colectivo definido desde una autoridad racional y centralizada. En su obra La República, se establece una rígida jerarquía social donde cada individuo tiene un rol determinado y donde el Estado regula desde la educación hasta la reproducción. Así, Platón inaugura una forma primitiva de ingeniería social que sacrifica la libertad individual en aras de un supuesto orden superior.
Karl Popper, en La sociedad abierta y sus enemigos, critica duramente esta postura, identificando en la filosofía política platónica una raíz del pensamiento totalitario. Según Popper, Platón pone la razón al servicio del irracionalismo al justificar el regreso a una cultura tribal cerrada, colectivista y desresponsabilizada. Esta visión del devenir histórico como una evolución predeterminada niega la libertad humana y allana el camino a ideologías que colocan al Estado como agente omnipresente del destino social.
La actualidad. En el presente, encontramos ecos del platonismo en los sistemas que promueven un Estado paternalista y omnipotente, bajo la promesa de alcanzar una sociedad más justa o perfecta. Gobiernos que, escudándose en la lucha contra la desigualdad o la protección del bien común, promueven controles centralizados, planificación económica, vigilancia masiva o sistemas educativos ideologizados. El “filósofo-rey” de Platón hoy toma la forma del tecnócrata, del burócrata global o del experto gubernamental que afirma saber qué es mejor para los ciudadanos, incluso contra su voluntad.
Ejemplos contemporáneos pueden encontrarse en regímenes como el de Venezuela, donde la promesa de una utopía igualitaria derivó en autoritarismo, miseria y la pérdida de libertades civiles y económicas. También se perciben tendencias similares en democracias liberales donde se imponen regulaciones cada vez más extensas sobre la actividad privada, en nombre de la “seguridad social” o el “bienestar colectivo”.
Contraste con la Escuela Austríaca. Frente a este enfoque intervencionista y determinista, la Escuela Austríaca de economía, representada por pensadores como Ludwig von Mises, Friedrich Hayek y Murray Rothbard reivindica la libertad individual, el orden espontáneo y la responsabilidad personal como pilares de una sociedad próspera. Desde esta perspectiva, el conocimiento está disperso entre los individuos y no puede ser centralizado ni planificado desde arriba. Cualquier intento de ingeniería social ignora esta realidad y termina generando consecuencias no deseadas, ineficiencias y pérdida de dignidad humana.
Friedrich Hayek, en particular, criticó la “fatal arrogancia” de los planificadores sociales, similar a la arrogancia del filósofo-rey platónico, por creer que pueden diseñar una sociedad perfecta desde el escritorio. Para los austríacos, la única sociedad verdaderamente justa es aquella donde los individuos interactúan libremente, donde el orden económico surge del mercado y donde el Estado tiene un rol limitado y subsidiario.
Platón soñó con una sociedad perfecta, moldeada por la razón, pero al hacerlo, sacrificó la libertad individual y sentó las bases del pensamiento totalitario. Hoy, el eco de ese sueño aún resuena en muchos gobiernos que creen poder rediseñar la sociedad desde el poder político, suprimiendo la diversidad de fines, decisiones y valores que solo pueden emerger en libertad.
El desafío moderno es rescatar la dignidad del individuo frente al colectivismo planificador. Solo una transformación de ideas, hacia una cultura de la libertad, del respeto por el orden espontáneo y del rechazo al intervencionismo autoritario, puede conducirnos a una sociedad realmente próspera. La utopía no está en diseñar el mundo desde arriba, sino en liberar las energías creativas de cada ser humano. La libertad, lejos de ser una amenaza, es el fundamento mismo de una civilización avanzada.