Haití no es solo un estado fallido; es otro experimento socialista fallido. El Estado haitiano socava los derechos de propiedad, convirtiendo la tenencia de tierras en una pesadilla burocrática. Obtener un título de propiedad legalmente reconocido puede tardar más de 11 años e implicar más de 30 oficinas diferentes, lo que disuade la inversión y perpetúa la inseguridad .
Las leyes de control de armas son estrictas, prohibiendo la posesión de armas de fuego sin un permiso . Sin embargo, irónicamente, estas restricciones han dado lugar a un mercado negro donde las bandas criminales están mejor armadas que la policía, exacerbando la violencia y la inestabilidad .
Las políticas comerciales son proteccionistas, con altos aranceles sobre productos terminados y requisitos de licencias onerosos, lo que sofoca el emprendimiento y favorece a una élite corrupta . Este clientelismo sostiene a una clase alta aislada de las dificultades que enfrentan los haitianos comunes.
Los desafíos de Haití no se tratan solo de gobernanza; reflejan los fracasos de las políticas socialistas que erosionan las libertades individuales y las oportunidades económicas.
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