Gabriel tenía 26 años y vivía en Maracaibo, Venezuela. Siempre había sido un joven brillante. Graduado con honores en ingeniería informática, aprendió inglés por su cuenta y soñaba con crear una startup de inteligencia artificial. Sus amigos lo llamaban “el Elon Musk criollo”.
Pero cada día se le hacía más difícil seguir soñando. La electricidad fallaba a menudo, el internet era intermitente y el sueldo que ganaba como programador freelance apenas alcanzaba para comprar comida. No había crédito, no había inversión. No había esperanza.
Su hermana menor, Lucía, le dijo una noche:
—“Tú vales mucho, Gabriel. Aquí te estás apagando”.
Gabriel no quería irse, pero al final decidió partir. Con una mochila, 200 dólares y su título laminado, cruzó la frontera hacia Colombia.
El precio del talento exiliado. En Bogotá, Gabriel comenzó de cero. Al principio lavaba platos en un restaurante venezolano. Luego consiguió un trabajo en una empresa de tecnología como soporte técnico. A los dos años, ya lideraba un equipo de desarrollo en una multinacional.
Mientras tanto, en Venezuela, la universidad donde él estudió cerraba carreras por falta de profesores. Más de 7 millones de venezolanos ya habían migrado. Muchos como él, preparados, formados, con ideas... y lejos de su país.
La fuga de cerebros no solo era personal. Era nacional.
¿Qué pudo haber sido diferente?
Gabriel le contaba a un colega colombiano:
—“No nos fuimos por ego. Nos fuimos porque en Venezuela no se puede crecer. El problema no es la gente, es el sistema.”
Y tenía razón. El país expulsaba talento porque había: Inseguridad jurídica: emprender era arriesgarse a ser expropiado. Controles y regulaciones: dificultaban atraer inversión y capital privado. Un sistema cerrado: que premiaba la lealtad política, no el mérito.
Un futuro posible. En paralelo, otros países comenzaban a corregir el rumbo. República Dominicana, por ejemplo, abrió sus puertas a inversión extranjera, simplificó procesos para empresas tecnológicas, y promovió zonas económicas especiales. Jóvenes dominicanos que pensaban migrar ahora abrían negocios.
¿Qué pasaría si Venezuela u otros países de América Latina:
Garantizaran libertad económica para que el talento florezca. Establecieran seguridad jurídica, sin miedo a confiscaciones. Incentivaran la inversión privada en innovación y educación tecnológica. Gabriel podría haber creado su empresa allá. Podría haber contratado a otros. Podría haber sido un generador de riqueza nacional.
La promesa de volver. Un día, en una conferencia internacional, Gabriel fue invitado como expositor. Terminó su ponencia diciendo:
“Un país no se construye con discursos vacíos, sino con libertad para crear, emprender y progresar. Volveré cuando mi país entienda eso. Y no seré el único.”
Gabriel es real. Tiene muchos nombres. Está en cada aeropuerto, frontera o solicitud de asilo. No huye por cobardía, sino por amor a su futuro.
Y aunque se fue, muchos quieren volver. Solo necesitan un país que los merezca.