Génesis de un principio: el poder como amenaza. Desde la antigüedad, los grandes pensadores entendieron que el principal peligro para la libertad no es el caos de los individuos, sino el abuso del poder centralizado. Ya en el siglo IV a.C., Aristóteles diferenciaba entre el “gobierno de la ley” y el “gobierno de los hombres”, anticipando el principio de que un gobierno sin límites es una amenaza constante para la libertad.
Pero sería mucho más adelante, en los siglos XVII y XVIII, cuando estas ideas cobrarían forma constitucional. John Locke, el filósofo del liberalismo clásico, escribió en su Segundo tratado sobre el gobierno civil que el propósito del gobierno era proteger la vida, la libertad y la propiedad, y que cuando éste quebrantaba ese contrato, los ciudadanos tenían el derecho a resistirlo.
La Constitución de Estados Unidos: un candado al Leviatán.
En 1787, tras librarse del dominio imperial británico, los fundadores de Estados Unidos se enfrentaron a una decisión crucial: ¿cómo evitar que su nuevo gobierno se convirtiera en un tirano como aquel del que se habían liberado?
La respuesta fue clara: crear una Constitución que limitara al gobierno, no a los ciudadanos. James Madison, en El Federalista No. 51, escribió:
“Si los hombres fueran ángeles, no sería necesario ningún gobierno. […] Si los ángeles gobernaran a los hombres, no serían necesarios controles internos ni externos sobre el gobierno.”
De ahí nacieron los principios de separación de poderes, frenos y contrapesos, y sobre todo, la Carta de Derechos (Bill of Rights), que garantiza libertades individuales frente al Estado: libertad de expresión, religión, prensa, armas, entre otras.
El Estado como generador de desorden. Autores como Ludwig von Mises, Friedrich Hayek y Murray Rothbard no se limitaron al plano político, sino que demostraron desde la economía cómo el poder estatal tiende a distorsionar los procesos espontáneos del mercado y la cooperación humana.
Ludwig Von Mises, en Burocracia, advertía que el Estado tiende a crecer cuando se aleja de sus funciones originales. Para él, una sociedad libre requiere de leyes generales y abstractas, no del intervencionismo arbitrario.
Friedrich Hayek, en Camino de servidumbre, demostró que cada ampliación del poder estatal en nombre del “bien común” termina erosionando las libertades individuales. La planificación centralizada no sólo es ineficiente, sino inherentemente tiránica.
Murray Rothbard, más radical aún, consideraba que el Estado es una institución coercitiva que monopoliza la justicia, la seguridad y el dinero, y por tanto, debe ser vigilado y limitado estrictamente.
Todos ellos sostienen que las constituciones deben ser entendidas como límites al poder coercitivo del Estado, no como permisos o restricciones a la libertad del ciudadano.
Hannah Arendt, Tocqueville y Popper. Otros pensadores no austríacos también defendieron la necesidad de contener al poder:
Alexis de Tocqueville, en La democracia en América, advirtió que el mayor peligro no era el despotismo violento, sino el paternalismo blando de un Estado que convierte a los ciudadanos en niños perpetuos, dependientes de él.
Hannah Arendt, tras observar los totalitarismos del siglo XX, afirmó que el olvido del principio constitucional puede llevar a regímenes en donde el ciudadano deja de ser actor y se convierte en sujeto pasivo de la historia.
Karl Popper, en La sociedad abierta y sus enemigos, argumentó que debemos diseñar instituciones políticas con base en la idea de controlar a los gobernantes, no en esperar que sean virtuosos.
Rand Paul y la actualidad: el retorno a los principios En su libro "The Case Against Socialism", Rand Paul, senador estadounidense e hijo de Ron Paul, sostiene que la Constitución no fue escrita para restringir a los ciudadanos, sino al gobierno. Según él:
“Una constitución debe ser una cadena para el Leviatán, no una mordaza para el pueblo.”
Ron Paul denuncia cómo, en nombre de la seguridad, la justicia social o el bienestar, el Estado moderno ha avanzado sobre la vida privada, el emprendimiento, la propiedad y la libertad de conciencia.
Ejemplo actual: El control excesivo durante emergencias sanitarias (como el COVID-19) llevó a cierres obligatorios de negocios, censura de opiniones médicas alternativas y rastreos digitales. Rand Paul lo consideró una violación flagrante del espíritu constitucional, pues los gobernantes no deben tener poderes ilimitados, incluso en tiempos de crisis.
¿Dónde estamos hoy? Entre la memoria y el olvido La batalla actual no es sólo jurídica ni política, es filosófica: ¿el ciudadano es súbdito de un Estado que lo “cuida” o es soberano de su destino, limitado sólo por el respeto a la libertad ajena?
Las constituciones modernas, en muchos casos, se han convertido en listas de promesas y privilegios estatales, en lugar de barreras contra la expansión del poder. El resultado: sistemas hipertrofiados, clientelares, corruptos y alejados del espíritu original de la libertad.
Un llamado a recordar. La Constitución, en su sentido más noble, es una muralla contra el abuso, no una celda para el individuo. Esta idea ha sido defendida por pensadores de diversas corrientes y épocas. La libertad no se garantiza con líderes virtuosos, sino con instituciones diseñadas para desconfiar del poder.