En una tierra que alguna vez aspiró a la paz, las banderas ondean no en honor a la libertad, sino como estandartes de una guerra perpetua. El humo que cubre los cielos no viene solo de las bombas, sino del incienso ideológico que queman los gobiernos para santificar el conflicto. Las madres lloran, los niños crecen entre escombros, y los hombres —jóvenes y viejos— son arrastrados al sacrificio por causas que no les pertenecen.
Una voz se alza, como en un susurro filosófico y trágico: “La guerra es la salud del Estado”. Esta frase, pronunciada por el pensador Randolph Bourne, no es una metáfora. Es diagnóstico. Es advertencia. Y sobre todo, es verdad.
El Estado como Leviatán en tiempos de guerra.
Desde un plano filosófico, la guerra revela el verdadero rostro del Estado moderno: un Leviatán que se alimenta del miedo, la obediencia ciega y la sangre. Bajo la excusa del “interés nacional”, se suspenden los derechos, se normaliza la vigilancia y se enaltece el sacrificio como virtud cívica.
Los crímenes sin víctimas —como lo menciona el texto— se convierten en delitos de pensamiento. La disidencia es tachada de traición. Y en nombre de la seguridad, el individuo es absorbido por el colectivo, por la “Patria”, esa ficción útil que permite justificar lo injustificable.
El ciclo de dominación. La guerra es útil para los tiranos. En cada época, el manual es el mismo:
Crear enemigos imaginarios o amplificar los reales. Imponer la censura bajo la excusa de la unidad. Usar crisis sanitarias, económicas o naturales como plataformas para la expansión del control. Perseguir minorías internas, apelando al miedo y al odio. Aumentar la burocracia para ahogar la crítica y desmovilizar la acción individual.
Hoy lo vemos con nitidez. Estados que censuran redes sociales, controlan narrativas en nombre del "orden global", y colocan etiquetas de "desinformación" a toda voz que cuestione la agenda oficial.
Las guerras actuales, como las de Ucrania, Gaza o incluso los conflictos geopolíticos en África y Asia, tienen un patrón común: no buscan la paz duradera, sino el reajuste del poder global, a expensas de los pueblos.
Dimensión económica: Dependencia, inflación y ruina.
La guerra —directa o encubierta— destruye el tejido económico productivo. Se desvían recursos de la inversión a la militarización, y los ciudadanos son inducidos a depender del Estado:
Los déficits fiscales se multiplican. Los bancos centrales imprimen moneda para financiar armamentos, provocando inflación.
La propiedad privada es erosionada, directa o indirectamente.
Pero como bien indica el texto: “Erosionar la estabilidad económica y luego ofrecer dependencia”, es una táctica antigua. El Estado destruye el suelo para luego vender muletas.
En este entorno, florecen los contratos con empresas armamentistas, las ayudas condicionadas de organismos internacionales y las políticas de subsidio, que no solucionan la pobreza, pero sí aseguran lealtades políticas.
¿Hasta dónde llegaremos con esta guerra?
Si seguimos por esta senda, llegaremos a un mundo más pobre, más vigilado y más violento. La historia ya lo advirtió:
La Primera Guerra Mundial dio paso a los totalitarismos del siglo XX.
Las guerras del Medio Oriente sembraron el caos que hoy recoge Europa.
La militarización tecnológica, hoy con drones y vigilancia satelital, puede ser mañana la excusa para controlar nuestras propias calles.
Y lo más grave: nos estamos acostumbrando. Nos venden la guerra como entretenimiento, como ideología, como causa. Pero la muerte no es causa. Es consecuencia.
Esta historia no debe terminar con un punto final impuesto por las élites. Cada ciudadano tiene el deber de no participar del delirio bélico. Hay que recuperar el pensamiento crítico, volver a los valores universales, y recordar que ningún Estado vale más que una vida humana.
La paz no se logra firmando tratados, sino desobedeciendo cuando nos llaman a la guerra injusta.
Porque cuando el Estado se alimenta de guerra, los pueblos mueren de hambre, miedo y silencio.