«Entre la objetividad de la ciencia y la convicción del alma»

En una ciudad que alguna vez se llamó Atenas del pensamiento, y que hoy podríamos identificar en los rincones de universidades, laboratorios, redacciones y cafés, donde se piensa libremente, vivía un joven llamado Elías. Él no era solo un estudiante más de filosofía, economía o historia. Era un buscador de sentido. Su inquietud lo llevó a una pregunta crucial: ¿Cómo saber si lo que creo es verdad, y no solo una convicción personal disfrazada de certeza?

Un día, mientras leía a Kant bajo un árbol en el campus, encontró dos palabras que lo desafiaron: objetividad y subjetividad. El texto afirmaba que el conocimiento científico debía ser objetivo, es decir, comprensible y verificable por cualquier persona racional. En cambio, la subjetividad remitía a nuestras convicciones internas, esas sensaciones de certeza que a veces sentimos sin saber explicar bien por qué.

Elías reflexionó: “¿Acaso no es esto lo que divide a un buen economista de un ideólogo? ¿A un político serio de un fanático? ¿A un científico del charlatán?” Y emprendió un viaje por la historia para comprenderlo.

Primero visitó la época de Galileo Galilei. Galileo, al afirmar que la Tierra giraba alrededor del Sol, no se basaba en una corazonada, sino en evidencia objetiva. Pese a que la Iglesia y la mayoría sentían subjetivamente que era absurdo —porque así lo veían con sus ojos y lo creían por siglos—, Galileo trajo pruebas, instrumentos, mediciones. No bastaba con la convicción: hacía falta justificación objetiva, accesible a otros. Su telescopio fue más revolucionario que cualquier tratado, porque transformó la convicción en conocimiento público.

Luego, Elías cruzó los siglos hasta llegar a Ludwig von Mises, economista de la Escuela Austríaca. Mises defendía que la economía debía partir de axiomas lógicos (praxeología), pero que sus conclusiones, aunque deducidas racionalmente, debían poder resistir el escrutinio general. No bastaba que un economista sintiera que tenía razón: debía exponer su razonamiento de forma tan clara que incluso quien no compartiera sus valores pudiera seguir la lógica. La objetividad, entonces, no era falta de pasión, sino el método para compartir la verdad sin violencia.

En la política, Elías encontró el caso de Martin Luther King Jr.. Su convicción profunda —subjetiva— era que todos los hombres eran iguales. Pero no se limitó a afirmarlo con fervor. Se apoyó en argumentos constitucionales, bíblicos y filosóficos, que podían ser contrastados y entendidos incluso por sus adversarios. Así, una causa moral se convirtió en una exigencia racional, social y legal.

De vuelta a su ciudad, Elías entendió que vivimos en una era donde muchos confunden convicción con verdad, y donde el que grita más fuerte cree tener más razón. Pero, como enseñaba Kant, y como confirmaban Galileo, Mises y King, la convicción subjetiva solo es valiosa cuando se convierte en un puente hacia el entendimiento común, cuando invita al otro a pensar, no a obedecer.

Hoy, cuando un economista propone una política, cuando un docente enseña, o cuando un ciudadano vota, deberían preguntarse: ¿Esto que defiendo, es comprensible por otros? ¿O solo me convence a mí porque responde a mis emociones o mi educación? Y esa pregunta puede cambiar no solo nuestro pensamiento, sino la calidad de nuestras decisiones.

Así, Elías no solo aprendió la diferencia entre lo objetivo y lo subjetivo. Aprendió a vivirla, y a enseñarla. Porque la historia no es solo relato del pasado, sino la voz del conocimiento en diálogo con nuestras decisiones presentes.

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