"Lo que fue, eso será, y lo que se hizo, eso se hará; y nada hay nuevo bajo el sol", escribió Salomón (Eclesiastés 1:9). Esta sentencia milenaria no solo refleja la cadencia cíclica de la naturaleza humana, sino que también ilumina, con asombrosa precisión, el drama cultural, político y espiritual que enfrentó J. Gresham Machen en su tiempo… y que aún persiste hoy.
El escenario de Machen: un liberalismo disfrazado de virtud. J. Gresham Machen no fue solo un teólogo. Fue un centinela en medio de un asedio cultural. En los años 20 y 30 del siglo XX, cuando la Iglesia Presbiteriana en EE. UU. comenzaba a adoptar los postulados del liberalismo teológico, Machen alzó su voz como un profeta solitario contra lo que consideraba una infiltración sutil pero devastadora. No se trataba, decía él, de una mera “actualización” de la fe, sino de su reemplazo total por una religión completamente diferente: una que usaba palabras cristianas, pero negaba su contenido trascendente y su autoridad moral.
Mientras los misioneros tradicionales eran sustituidos por “Asesores Ecuménicos Globales”, y la Biblia se relativizaba para “adaptarse a las nuevas sensibilidades culturales”, Machen identificó un patrón que no solo afectaba la teología, sino también el alma misma de Occidente: el avance de una cosmovisión liberal que ponía al hombre como centro y al Estado como redentor.
El liberalismo como religión secular. Machen entendía que el liberalismo no era solo una idea política, sino una religión secular. Así como el cristianismo apunta a la redención del hombre por medio de la gracia, el liberalismo moderno ofrece su propia “salvación” por medio del progreso humano, la ingeniería social y el poder del Estado.
Esto se expresó en el llamado Movimiento Progresista de inicios del siglo XX. Figuras como Woodrow Wilson y Theodore Roosevelt propusieron una reinterpretación de la Constitución estadounidense, considerándola un “documento vivo” que debía evolucionar. El gobierno limitado, base del pensamiento clásico liberal y del contrato fundacional estadounidense, fue tachado de anticuado. El nuevo evangelio político afirmaba que solo un gobierno central fuerte podría garantizar justicia, equidad y prosperidad económica. En palabras de Roosevelt, era hora de un “trato justo”, aunque ese trato implicara sacrificar la libertad individual en el altar de la “justicia social”.
El eco contemporáneo: la progresía del siglo XXI. Hoy, las ideas que Machen combatió no solo sobreviven: han sido institucionalizadas. La educación pública es uno de sus templos. La teología liberal, impregnada de teorías de género, ambientalismo dogmático y culto al Estado, se ha infiltrado en universidades, medios de comunicación y organismos internacionales.
Al igual que en la época de Machen, la estrategia sigue siendo la misma: reemplazar conceptos con palabras que suenan familiares, pero que han sido vaciadas de su contenido original. “Libertad” ya no significa la capacidad de actuar moralmente sin coerción, sino el derecho a redefinir toda realidad, incluso la biológica. “Justicia” ya no es imparcialidad ante la ley, sino redistribución planificada desde el poder.
Un ejemplo claro lo vemos en el Foro Económico Mundial, donde los nuevos “misioneros” del orden global —expertos, burócratas y tecnócratas— no llevan Biblias, sino planes quinquenales para salvar el planeta. Sus profetas no son apóstoles, sino CEOs y activistas que predican una economía “inclusiva y sostenible”, una frase tan amplia que justifica desde impuestos confiscatorios hasta censura ideológica.
Una advertencia atemporal. Machen entendió algo que muchos aún no ven: el conflicto entre el cristianismo auténtico y el liberalismo no es un desacuerdo académico, sino una batalla por el alma del hombre. Donde uno exalta la verdad objetiva, el otro ofrece consenso temporal. Donde uno predica arrepentimiento, el otro ofrece autocomplacencia. Donde uno propone límites, el otro promete emancipación absoluta… aunque esa emancipación termine en tiranía.
La historia de Machen no es solo un capítulo del pasado. Es una advertencia vigente. Como libertarios, como creyentes en la libertad con responsabilidad, como críticos del colectivismo disfrazado de virtud, debemos recordar que nada hay nuevo bajo el sol… y que cada generación debe decidir si sirve a la verdad o a la conveniencia.