De Drexel a Apollo: el auge del crédito privado y la sombra de la deuda.

Génesis histórica: de Milken a los barones del crédito.
En los años 80, Michael Milken en Drexel Burnham Lambert revolucionó las finanzas introduciendo lo que hoy se conoce como "bonos basura" (high yield). ¿La innovación? Democratizar el acceso al financiamiento: empresas pequeñas, riesgosas o altamente endeudadas que eran invisibles para los grandes bancos podían, ahora, emitir deuda en el mercado.

Este fenómeno coincidió con una expansión del capitalismo financiero, donde las compras apalancadas (leveraged buyouts, LBOs) se volvieron moneda común: empresas eran adquiridas con deuda y reestructuradas para obtener retornos rápidos. Nombres como Apollo, Ares, Cerberus y Blackstone emergieron de ese laboratorio financiero.

Desde la perspectiva austríaca (Mises, Hayek): Este proceso refleja una forma de descubrimiento empresarial, donde nuevos canales de crédito abren oportunidades para empresas que antes eran descartadas por la banca tradicional. Sin embargo, también hay una advertencia: si la expansión del crédito no se fundamenta en ahorro real, sino en dinero creado o en promesas de rentabilidad sin sustento, se generan ciclos de auge y quiebra artificiales.

El presente: crédito privado y desintermediación bancaria

Hoy, los llamados "barones de la deuda" (fondos de crédito privado) han captado cientos de miles de millones de dólares en capital de inversionistas institucionales (como fondos de pensiones y aseguradoras). Y están reemplazando a los bancos tradicionales en el financiamiento de empresas, proyectos de infraestructura, e incluso hipotecas comerciales.

Financiamiento ágil, flexible y personalizado que bancos fuertemente regulados no pueden ofrecer.

Riesgos sistémicos invisibles: Al operar fuera del sistema bancario, estos fondos no están sujetos al mismo escrutinio regulatorio (lo que se llama "shadow banking").

Desde Hayek: Este fenómeno representa una descentralización positiva del sistema financiero. Sin embargo, si la información sobre riesgos no es accesible para el público o para los reguladores, se socava el mecanismo de precios, generando mala asignación de recursos.

Desde autores no austríacos como Hyman Minsky, que argumentaba que “la estabilidad lleva a la inestabilidad”, podemos anticipar que un sistema donde el crédito fluye sin fricción ni regulación suficiente tiende, en el tiempo, a acumular fragilidad.

Casos comparativos:

1987–1990: Crisis Drexel-Burnham. El exceso de apalancamiento con bonos basura terminó en escándalos y bancarrotas. El Estado intervino con regulaciones, pero la innovación ya había transformado el sistema.

2008: Crisis financiera global. Mucho del crédito estructurado (CDOs, MBS) venía de actores no bancarios. La opacidad y los incentivos perversos generaron una burbuja que colapsó.

2020s: Resurgimiento del crédito privado. Fondos como Apollo ahora no solo financian empresas, sino que crean productos derivados, seguros y plataformas de pago, compitiendo frontalmente con bancos.

Filosofía del riesgo y el poder financiero

Aquí se plantea una pregunta filosófica profunda:

¿Quién debería controlar el crédito en una sociedad libre? ¿El Estado, los bancos regulados, o entidades privadas con capital propio y libertad operativa?

Desde el liberalismo clásico y la Escuela Austríaca, el crédito debería fluir libremente bajo condiciones de información transparente, responsabilidad individual y sin rescates estatales.

Pero si estos nuevos actores se vuelven "demasiado grandes para quebrar", el Estado podría terminar rescatándolos con dinero público… generando una socialización del riesgo y una privatización del beneficio: lo que Mises denunciaría como una forma moderna de intervencionismo camuflado.

El ascenso de los fondos de crédito privado puede verse como una nueva ola de descentralización financiera, que encarna el espíritu emprendedor que la Escuela Austríaca celebra. Pero también plantea nuevos peligros sistémicos si no hay mecanismos institucionales robustos para garantizar transparencia y evitar incentivos perversos.

Los barones de la deuda no son el problema por sí mismos. Lo es el entorno monetario y fiscal artificial que incentiva la búsqueda de rendimiento sin riesgos percibidos, bajo tasas manipuladas por los bancos centrales.

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