La historia del mundo moderno ha sido, durante siglos, una narración de poderes hegemónicos que han definido el curso del comercio, la tecnología, la cultura y la política global. Pero en el corazón del convulso Medio Oriente, el conflicto persistente entre Israel e Irán representa mucho más que una disputa regional. Es, en realidad, el escenario condensado donde chocan dos visiones filosóficas del mundo: una unipolar, dominada por una lógica de control centralizado y neocolonialismo político; y otra multipolar, que aspira a una prosperidad compartida basada en la autosuficiencia energética, el crecimiento económico emergente y una soberanía tecnológica cada vez más afirmada.
Dos visiones del orden mundial. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el mundo ha operado principalmente bajo un modelo unipolar, primero dominado por Estados Unidos, y más tarde por una coalición transatlántica liderada por Occidente. Este orden fue sostenido por instituciones como el FMI, el Banco Mundial y la OTAN, que promovieron el libre comercio, pero también centralizaron las palancas del poder financiero y militar. Israel ha sido, desde su fundación en 1948, uno de los principales aliados estratégicos de este modelo, con una economía altamente integrada en la tecnología occidental, fuerte apoyo militar de EE. UU. y una posición clave en la política regional.
Irán, por el contrario, tras la revolución islámica de 1979, abrazó una visión de independencia cultural, política y económica que lo puso en confrontación directa con el modelo occidental. Su resistencia a la intervención extranjera y su alianza con potencias emergentes como China y Rusia lo han convertido en símbolo de una aspiración multipolar: un mundo donde las naciones no necesitan subordinarse a una hegemonía central, sino cooperar entre sí en términos más equitativos.
El giro económico y demográfico del Sur Global. Este conflicto ideológico se intensifica a medida que el eje económico mundial comienza a desplazarse. En las últimas dos décadas, regiones antes consideradas periféricas —como Asia del Sur, el Golfo Pérsico y el Sudeste Asiático— han experimentado un crecimiento económico sin precedentes. India se ha convertido en la quinta economía más grande del mundo y se proyecta que superará a Alemania en pocos años. China ya lidera el comercio mundial en términos absolutos, y países como Vietnam, Indonesia y Arabia Saudita están acumulando poder financiero, industrial y poblacional.
Mientras Europa envejece y su dependencia energética se hace más patente (como se evidenció tras la guerra en Ucrania y el corte del gas ruso), estas regiones tienen poblaciones jóvenes, tasas de natalidad sostenidas y acceso directo a materias primas estratégicas. Irán, con sus vastas reservas de petróleo y gas natural, forma parte de este bloque energético emergente que se está alineando con iniciativas como la Franja y Ruta de China, el BRICS+, y la Organización de Cooperación de Shanghái.
Tecnología, mercados y la erosión del dominio occidental. Históricamente, Occidente ha sostenido su ventaja gracias a dos pilares: el control de la alta tecnología y el dominio de mercados de consumo de alta gama. Sin embargo, esta ecuación está empezando a cambiar. En inteligencia artificial, semiconductores, telecomunicaciones y energías renovables, China ya compite de tú a tú con Silicon Valley. India, por su parte, se ha posicionado como el mayor proveedor de servicios tecnológicos y talento digital para empresas globales.
Ejemplos abundan: Huawei logró desarrollar sus propios chips a pesar del bloqueo estadounidense; el sistema de pagos digitales UPI de India supera en eficiencia y alcance a muchas plataformas occidentales; y empresas como Aramco y ADNOC están rediseñando la geoeconomía del petróleo con visión multipolar, al firmar acuerdos con China y el sudeste asiático que excluyen al dólar como divisa intermedia.
En este contexto, Israel se encuentra en una posición ambivalente. Por un lado, es una potencia tecnológica con fuerte inversión extranjera y una vibrante industria de defensa y ciberseguridad. Pero por otro, su asociación estratégica con Occidente la coloca en el lado opuesto de las potencias emergentes, lo que intensifica su rivalidad con Irán, no solo por razones religiosas o territoriales, sino porque encarna dos cosmovisiones económicas en competencia.
IV. Filosofía del poder: control o cooperación. Filosóficamente, esta pugna puede entenderse como una tensión entre la tradición hobbesiana del Leviatán centralizador y la visión policéntrica más cercana al orden espontáneo de Hayek. Occidente, al menos en su vertiente institucional, ha favorecido sistemas jerárquicos de planificación supranacional; mientras que el mundo emergente parece estar apostando por una descentralización práctica: múltiples polos de poder económico, sistemas financieros alternativos (como el yuan digital o las criptomonedas respaldadas por materias primas), y cooperación entre iguales.
Hacia una transición incierta. El conflicto Israel-Irán, con sus amenazas nucleares, guerras por poder en Siria y el Líbano, y tensiones constantes en el estrecho de Ormuz, no puede entenderse plenamente si se limita a una lectura local. Es una expresión condensada de un cambio sistémico. Lo que está en juego no es solo el control territorial o la seguridad regional, sino el modelo de desarrollo que dominará el siglo XXI.
¿Se mantendrá el mundo atado a una estructura piramidal con un centro en Washington, Bruselas o Tel Aviv? ¿O se consolidará una red horizontal de economías emergentes capaces de crear un nuevo equilibrio global sin hegemonías impuestas?
Como decía Alexis de Tocqueville, “el momento más peligroso para un mal gobierno es cuando comienza a reformarse”. Tal vez el momento más desafiante para el orden occidental no sea su crisis, sino el ascenso de quienes ya no lo necesitan.