En la historia del pensamiento económico, Adam Smith ocupa un lugar casi mítico. Su obra La Riqueza de las Naciones (1776) es considerada por muchos como el acta de nacimiento de la economía moderna, y su famosa —y mal comprendida— metáfora de la mano invisible se ha convertido en un símbolo superficial de la autorregulación del mercado. Pero reducir a Smith a una especie de profeta del libre mercado sería una lectura incompleta, y, en muchos casos, injusta.
Smith no fue un defensor del mercado como una entidad sagrada, sino como un espacio imperfecto que requiere una ética previa para funcionar con justicia y eficacia. Esta ética la desarrolló en su obra anterior, La Teoría de los Sentimientos Morales (1759), donde explora conceptos como la empatía, la justicia, el juicio moral y el equilibrio entre el interés propio y el bien común. Para Smith, el interés individual podía generar beneficios sociales solo si estaba enmarcado en un orden moral. De ahí que su proyecto intelectual no pueda entenderse sin integrar ambas obras.
Aunque la imagen popular lo asocia con un laissez-faire absoluto, Smith sí reconocía el papel del Estado en funciones clave: seguridad, justicia, infraestructura y educación básica. Su liberalismo no era anárquico ni dogmático. Más bien, proponía un orden social donde la libertad económica estuviera contenida por instituciones que aseguren la competencia, el cumplimiento de contratos y la igualdad ante la ley.
Con el paso del tiempo, pensadores como David Ricardo y John Stuart Mill sistematizaron la economía clásica, mientras que otros como Carl Menger y Ludwig von Mises en la Escuela Austríaca, o Friedrich Hayek y Wilhelm Röpke en la tradición liberal-conservadora del siglo XX, refinaron y defendieron el rol del mercado no como un fin en sí mismo, sino como un medio para la cooperación humana y el florecimiento personal.
En el presente, este legado sigue vigente, aunque distorsionado. En nombre de Adam Smith, algunos justifican sistemas económicos donde oligarquías capturan al Estado, mientras que otros, desde el estatismo centralizador, acusan al libre mercado de todos los males sin distinguir entre capitalismo de libre competencia y mercantilismo disfrazado. En países como Argentina, Guatemala o Venezuela, estas confusiones han sido costosas: la prosperidad no llega por decreto, pero tampoco por mercados sin ley ni virtud.
La lección más profunda que nos deja Smith no está en una frase publicitaria, sino en su esfuerzo por ordenar, sistematizar y armonizar economía y moral. Su trabajo fue monumental para su tiempo: más de diez años de estudio en su natal Kirkcaldy, consolidando siglos de observación, historia y filosofía en una propuesta coherente sobre cómo funciona —y cómo debería funcionar— una sociedad libre y próspera.