La historia del pensamiento económico ha caído en desgracia en muchas facultades y centros de investigación. A lo sumo, se enseña como anécdota o curiosidad, no como fuente de conocimiento. Y sin embargo, como recordaba Joseph Schumpeter en su monumental Historia del análisis económico, estudiar las ideas del pasado no es una pérdida de tiempo, sino una necesidad civilizatoria. Comprender cómo y por qué emergieron teorías económicas nos ayuda no solo a entender el presente, sino también a pensar con profundidad, en lugar de repetir modas académicas disfrazadas de ciencia.
¿Por qué esta crisis del pensamiento histórico?
Como advierte Axel Kicillof —curiosamente desde una visión distinta, aunque con observaciones agudas— en Siete lecciones de historia del pensamiento económico, muchas teorías no nacen del deseo puro de alcanzar la verdad, sino de las necesidades ideológicas y políticas de su época. Las ideas económicas, como las instituciones, no flotan en el vacío: responden a intereses, valores y visiones del mundo.
No es casual que John Stuart Mill en 1848 creyera que ya todo estaba dicho sobre las leyes del valor. Pero la historia mostró que cada generación necesita repensar los fundamentos. Lo que sí es preocupante es la soberbia de quienes hoy creen que basta con modelos matemáticos o correlaciones estadísticas para entender la economía humana, olvidando que detrás de cada cifra hay personas, decisiones, valores y consecuencias morales.
Economía sin ética ni historia: el camino al error repetido.
La visión liberal-conservadora, desde Edmund Burke hasta Friedrich Hayek, nos recuerda que una sociedad sin memoria es una sociedad sin futuro. El pensamiento económico de raíz clásica —desde Adam Smith hasta Ludwig von Mises— no separaba la economía de la ética, la política o la filosofía. Smith, por ejemplo, antes de escribir La riqueza de las naciones, había reflexionado profundamente sobre La teoría de los sentimientos morales. Para él, el mercado era una institución moral fundada en la libertad, la responsabilidad individual y la justicia.
Al despreciar la historia del pensamiento, se pierde el hilo moral de la economía. Hoy se legitiman prácticas como la expansión monetaria desenfrenada, la intervención del Estado en todos los sectores productivos o el endeudamiento perpetuo, sin recordar los desastres que estas políticas ya causaron en el pasado. ¿Qué hay detrás de esta ignorancia? ¿Inocencia o conveniencia?
Ejemplos actuales: del error económico al colapso moral.
Argentina: décadas de populismo económico, sostenido por “teorías heterodoxas” sin sustento en la realidad, han llevado al país a niveles de pobreza estructural impensables en una nación rica en recursos. Se despreciaron las advertencias de Alberdi, quien supo decir: “Gobernar es poblar, pero también dejar hacer”.
Europa: el modelo del Estado de bienestar enfrenta su agotamiento. La idea de que se puede garantizar todo sin responsabilidad fiscal ni cultural ha chocado con el envejecimiento poblacional, la caída de la productividad y el desencanto cívico.
Estados Unidos: incluso en el país del mercado, muchos economistas jóvenes desprecian a los clásicos y se entregan a modelos “neokeynesianos” donde el gasto público parece la respuesta universal. El resultado: inflación, deuda y polarización.
¿Qué podemos recuperar de la historia del pensamiento económico?
Humildad: no hay teoría definitiva. Cada época tiene sus desafíos y sus límites de comprensión. Sabiduría moral: la economía no puede desligarse del carácter, la cultura y los valores. Sentido de libertad: como defendió Hayek, la economía de mercado no es solo eficiente, es moralmente superior porque respeta la dignidad del individuo.
Inspiración creativa: revisitar a pensadores como Bastiat, Say, Rothbard o incluso al propio Smith puede abrir puertas a soluciones olvidadas.
El desprestigio de la historia del pensamiento económico no es casual: es el reflejo de una época que desprecia sus raíces, que vive de teorías sin alma y de modelos sin humanidad. Recuperar esa historia no es mirar hacia atrás con nostalgia, sino mirar hacia adelante con inteligencia. Porque como dijo Edmund Burke, “los que no conocen la historia están condenados a repetirla”.