Breve mirada a la estructura teórica neoclásica.

La teoría económica neoclásica, nacida en la segunda mitad del siglo XIX con autores como William Stanley Jevons, Carl Menger y Léon Walras, se consolidó como el paradigma dominante en la economía moderna. Representa una ciudadela de pensamiento donde el equilibrio, la racionalidad individual y la maximización de la utilidad o el beneficio son sus pilares fundacionales. Esta “ciudad” se expande meticulosamente, no por revolución, sino por evolución, como lo han señalado autores como Paul Samuelson y Kenneth Arrow, trasladando sus métodos a suburbios como la teoría de juegos, la elección pública o la economía del comportamiento.

En esta metáfora urbana del conocimiento, el progreso no parece conflictivo: el disenso se integra sin demoler los cimientos. Como lo resume Neil De Marchi, el neoclasicismo ha ejercido una suerte de "hegemonía epistemológica", adaptando incluso las críticas keynesianas dentro de sus propios marcos analíticos. No obstante, esta armonía aparente es también su mayor debilidad: al excluir visiones éticas, históricas y sociales más profundas, termina empobreciendo la riqueza de los problemas humanos que pretende resolver.

Desde una mirada filosófica, podemos ver en esta estructura un eco del utilitarismo de Bentham y Mill, centrado en el cálculo de placer y dolor, pero desprovisto de los cuestionamientos morales de pensadores como Alasdair MacIntyre, quien advierte que una ética sin narrativas comunitarias se vacía de contenido. Políticamente, la teoría neoclásica se ha alineado históricamente con el liberalismo económico, sin cuestionar suficientemente las condiciones estructurales de desigualdad, como bien lo señalan autores como Amartya Sen y Thomas Piketty.

Ejemplos, contemporáneos, nos lo muestran con claridad: mientras los modelos neoclásicos predicen eficiencia en mercados laborales flexibles, la realidad nos muestra fenómenos como el subempleo estructural, la gig economy y el deterioro de la seguridad social. En este contexto, las decisiones de política económica siguen apelando a principios como la “racionalidad del consumidor” o el “equilibrio de mercado”, ignorando los dilemas éticos detrás del crecimiento económico sin distribución justa. El caso reciente del acceso desigual a la vivienda en grandes ciudades es un reflejo de ello: el mercado opera según las reglas, pero la ética pública queda rezagada.

Desde la ética conservadora liberal —inspirada en autores como Edmund Burke, Michael Oakeshott y Wilhelm Röpke— se hace un llamado a reconciliar la libertad económica con el orden moral y comunitario. No basta con que un modelo funcione; debe sostenerse sobre principios de justicia, responsabilidad intergeneracional y respeto por las tradiciones culturales que dan sentido a la vida humana.

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