En una escuela secundaria de un barrio urbano, los profesores notaban algo extraño: los trabajos de los estudiantes eran impecables, pulcros, sin errores gramaticales y con una estructura casi profesional. Al principio, algunos docentes lo celebraron como un avance en la calidad educativa. Otros, en cambio, comenzaron a sospechar.
La directora convocó una reunión urgente: “Tenemos indicios de que muchos estudiantes están utilizando inteligencia artificial para realizar sus tareas”. Un silencio incómodo se apoderó de la sala. Las palabras que siguieron giraron en torno a términos como “trampa”, “engaño” y “falta de esfuerzo”.
Pero una profesora, Clara, pidió la palabra. Con voz firme, pero serena, dijo: —Pensar en la inteligencia artificial como herramienta clandestina trasciende el señalamiento anecdótico para funcionar como síntoma de un problema mayor: la distancia creciente entre las formas en que se produce y se accede al conocimiento dentro y fuera de la escuela.
Sus colegas la miraron sorprendidos.
No se trata solo de control. Se trata de conciencia crítica. ¿Por qué los chicos sienten que deben ocultar lo que usan? Porque no hemos abierto espacios legítimos para hablar del uso de estas herramientas, ni para enseñar cómo emplearlas con sentido, con ética, con propósito.
Un estudiante, al enterarse de esta conversación, dejó una nota anónima en el buzón de sugerencias:
“No usamos IA por flojera. La usamos porque a veces sentimos que hacemos tareas solo para cumplir, no para aprender. Y cuando sí queremos aprender, la IA nos ayuda a entender cosas que ustedes no explican bien, o que no tienen tiempo para explicar”.
La nota sacudió al equipo docente. Clara propuso un cambio: crear un “Taller de Alfabetización Algorítmica”, donde se trabajara con la IA como una herramienta visible, crítica y pedagógica. Los estudiantes aprendieron a identificar sesgos, a citar correctamente, a distinguir entre generación automática y pensamiento propio.
La clase de historia ya no pedía simplemente un resumen de la Revolución Francesa. Ahora, pedía construir un diálogo entre Robespierre y un ciudadano actual, con ayuda de un modelo de lenguaje, pero analizado con una rúbrica ética y argumentativa.
La IA no reemplazó al docente; lo resignificó. El maestro pasó de ser transmisor de información a mediador de sentido. La escuela dejó de evaluar como en el siglo XX, y comenzó a formar para el siglo XXI.