Feminismo y antifeminismo: entre la libertad individual y la coacción ideológica.

Hablar de feminismo sin un anclaje filosófico es una distorsión común en el debate contemporáneo. El feminismo, en su origen ilustrado, nace como una extensión lógica del liberalismo clásico, el cual a su vez fue heredero directo del humanismo renacentista. Esta genealogía del pensamiento coloca a la libertad individual, la igualdad ante la ley, el derecho a la propiedad, y la dignidad inherente del ser humano como principios innegociables.

Autores como Mary Wollstonecraft, con su Vindicación de los derechos de la mujer (1792), no exigían privilegios de grupo, sino inclusión en el marco de los derechos naturales del individuo, tal como lo había esbozado John Locke y ampliado Alexis de Tocqueville en sus reflexiones sobre la democracia liberal.

Frente a este feminismo liberal-humanista, surge en el siglo XX una corriente distinta: el feminismo marxista o materialista, que ya no parte del individuo como sujeto libre, sino de la clase, el colectivo oprimido y la lucha revolucionaria. Esta visión, influenciada por Karl Marx, Friedrich Engels y más adelante Simone de Beauvoir, traslada el foco desde la libertad a la conflictividad estructural, en donde el varón (ahora “opresor”) y la mujer (reducida a “víctima histórica”) se enfrentan en un relato de antagonismo constante.

Es aquí donde nace el oxímoron: un feminismo antiliberal, anticapitalista o colectivista es, en realidad, antifeminista en su sentido original. Si el feminismo auténtico nació para extender las libertades individuales a las mujeres, entonces negar el mercado, la propiedad privada o la autonomía moral de la mujer —como lo hace el feminismo marxista— es negarle el derecho a ser individuo.

Como señala la filósofa Christina Hoff Sommers, el feminismo actual dominante ha dejado de defender la igualdad de oportunidades para promover una ideología de victimismo, control estatal y reingeniería cultural. En palabras de Camille Paglia, se ha convertido en una nueva ortodoxia moral que aborrece la diversidad real: la del pensamiento.

Ejemplos actuales:
En países como Suecia o Canadá, donde existe igualdad legal plena entre hombres y mujeres, ciertas políticas feministas radicales buscan imponer cuotas obligatorias o limitar la libertad de expresión, castigando con censura todo disenso bajo la etiqueta de “machismo estructural”.

En España, el uso político del feminismo por parte de partidos estatistas ha generado leyes (como la Ley del Solo Sí es Sí) que debilitan garantías jurídicas fundamentales como la presunción de inocencia, afectando incluso a mujeres víctimas reales por su mala aplicación.

En América Latina, el feminismo marxista adopta un tinte revolucionario: no busca libertad, sino redistribución forzada, resentimiento de clase y de género, y una negación total del orden espontáneo de cooperación que promueve el mercado.

El feminismo libertario o liberal defiende el derecho de cada mujer a ser dueña de su destino, sin depender del Estado, sin ser víctima perpetua, y sin estar obligada a repetir consignas colectivistas. Porque la verdadera emancipación no se impone desde arriba, ni se decreta por ley: se conquista con libertad, responsabilidad y razón.

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Autor: 𝙏𝙤𝙣𝙖𝙩𝙞𝙪𝙝 𝙑𝙞𝙣𝙞𝙚𝙜𝙧𝙖 𝘿𝙖 𝙋𝙖𝙪𝙡𝙖 𝙊𝙡𝙞𝙫𝙚𝙞𝙧𝙖.

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