Fundamentalismo de mercado a una filosofía de libertad responsable.

En la historia de las ideas económicas y políticas, el "fundamentalismo de mercado" ha sido una etiqueta controversial, muchas veces utilizada para desacreditar toda defensa del libre mercado como si fuera una creencia ciega, rígida y desprovista de sensibilidad social. Sin embargo, como demuestran autores como Friedrich A. Hayek, Ludwig von Mises, y más recientemente Tom G. Palmer, Robert Nozick o Juan Ramón Rallo, el verdadero liberalismo no promueve un mercado sin alma, sino un orden social espontáneo sustentado en la libertad, la responsabilidad individual y el respeto a los derechos de propiedad.

Financiarización, sindicatos y poder difuso.

El fenómeno contemporáneo de la financiarización —la hipertrofia del sector financiero sobre la economía productiva— ha desplazado el centro de gravedad de la economía real hacia Wall Street. Esto ha coincidido con la pérdida de poder de negociación de los trabajadores, debilitando sindicatos, relaciones laborales significativas y tejido comunitario. Como señala el economista Luigi Zingales, las grandes corporaciones muchas veces capturan el mercado a través de regulaciones y privilegios estatales, y no por mérito ni competencia real. El resultado es un capitalismo de compinches, no un capitalismo liberal.

Libertarismo vs. Fundamentalismo de mercado.

Autores como Oren Cass critican lo que él llama "fundamentalismo de mercado", atribuyéndole la raíz de muchos males sociales. Sin embargo, como aclara Tom G. Palmer, esto es una falacia de hombre de paja. El libertarismo no idolatra al mercado como un fin en sí mismo, sino que lo reconoce como una consecuencia natural de la libertad humana, donde las personas interactúan pacíficamente para satisfacer sus fines. El principio rector no es "todo para el mercado", sino "nada por la fuerza".

El libertarismo auténtico —como bien expresaron Murray Rothbard y Ayn Rand— no es indiferente al sufrimiento ni hostil a la comunidad. Cree que las relaciones voluntarias y las instituciones intermedias (familia, iglesias, organizaciones civiles) son el mejor medio para una vida digna, no la coacción del Estado. En cambio, el conservadurismo liberal, como el de Roger Scruton, reconoce la importancia de la tradición como base para el florecimiento humano, pero sin negar el dinamismo moral que la libertad posibilita.

Ejemplos actuales:
En EE.UU., el auge de corporaciones como BlackRock y JP Morgan, influyentes en decisiones políticas y monetarias, representa una desconexión entre el mercado financiero y la economía real, afectando a la clase media.

En América Latina, el uso político de subsidios y regulaciones "pro mercado" ha servido más a élites protegidas que al ciudadano común, distorsionando el sentido del libre mercado genuino.

En Guatemala y otros países, el debilitamiento de asociaciones laborales ha derivado en informalidad, desprotección y dependencia clientelar en vez de autonomía productiva.

El libre mercado no es un dogma, sino una consecuencia de la libertad humana. Cuando se lo desnaturaliza —ya sea por financiarización, privilegios corporativos o estatismo clientelar—, se traiciona su esencia.
Ni la tradición ni el cambio son fines en sí mismos. Lo esencial es que las personas libres, responsables y conscientes puedan buscar el bien, cultivando valores en comunidad, sin ser sometidas ni por el Leviatán del Estado ni por los ídolos del capital sin alma.
La verdadera revolución comienza cuando entendemos que la libertad no es un permiso, es un deber moral.

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