En la historia empresarial moderna, pocos casos son tan simbólicos y pedagógicos como el de Atari. Esta compañía no solo creó una industria desde cero —la de los videojuegos—, sino que encarnó un verdadero movimiento contracultural, donde la creatividad, la libertad y el ingenio joven desafiaban las estructuras corporativas tradicionales. Sin embargo, su colapso no fue producto de la competencia ni de la falta de recursos. Fue un suicidio cultural.
Como advirtió Friedrich Hayek, las instituciones humanas no sobreviven únicamente por su eficiencia técnica, sino por la preservación de los valores que les dieron origen. Atari perdió su esencia cuando el afán de control desplazó la inspiración, cuando la burocracia sofocó la innovación y los líderes dejaron de creer en lo que hacían. En otras palabras, la cultura que los hizo invencibles fue ignorada, y con ello, la empresa se convirtió en una cáscara vacía.
El pensamiento detrás del fracaso: filosofía, política y economía. El pensamiento liberal conservador, tan bien articulado por Roger Scruton, nos recuerda que una civilización se mantiene viva por la transmisión de sus principios fundacionales. Cuando se rompe esa cadena —cuando se desprecia la cultura en favor de la inmediatez o el control tecnocrático—, el colapso es inevitable. Scruton, al igual que Michael Oakeshott, sostuvo que las tradiciones no son obstáculos, sino sabiduría condensada que permite a las instituciones prosperar.
Desde la filosofía económica, Ludwig von Mises y Joseph Schumpeter hablaron del empresario como héroe cultural, no solo como actor económico. El empresario innovador es el que introduce cambio sin destruir los fundamentos de la cooperación social. Atari, en cambio, se transformó en una máquina que trató de imitarse a sí misma, desechando la intuición emprendedora por una lógica de producción masiva sin alma. Se olvidaron de que la cultura es capital moral acumulado, como lo describiría Wilhelm Röpke.
Ejemplos actuales: de líderes visionarios a gestores sin alma. Hoy vemos ecos del caso Atari en muchas startups y corporaciones. Empresas que nacen con espíritu disruptivo —como WeWork, X (antes Twitter) o OpenAI— y que, al escalar, entran en conflicto con su cultura original. Algunas sobreviven al choque; otras, como WeWork, se autodestruyen por abandonar su propósito en nombre de la “eficiencia”.
También lo vemos en países. Las naciones que abandonan sus raíces culturales, como muchos países europeos que renuncian a su tradición de libertad y responsabilidad individual, enfrentan crisis de identidad, pérdida de dinamismo y conflictos sociales. Lo que sucede en las empresas no es ajeno a lo que sucede en las naciones: sin cultura, no hay civilización sostenible.