Toda sociedad enfrenta la necesidad de distribuir socialmente el trabajo para asegurar su subsistencia. Pero la forma en que lo hace no es una cuestión técnica: es una expresión filosófica, política y económica del tipo de sociedad que se desea construir. Se propone dos caminos: el comunismo, donde la propiedad es colectiva y la planificación es centralizada, y la sociedad mercantil, donde reina la propiedad privada y la descentralización de decisiones productivas. Pero inmediatamente aparece una advertencia: incluso en la economía de mercado, la decisión del productor está "sometida al mercado".
¿Es eso una pérdida de libertad o su más auténtica expresión?
Desde una perspectiva liberal clásica y conservadora moderna, la afirmación de que en una sociedad comunista es el conjunto de ciudadanos quien decide qué, cómo y para quién producir no es sólo problemática, sino esencialmente falsa. En la práctica, como advirtieron Friedrich Hayek y Ludwig von Mises, este poder se concentra en burócratas que, al carecer de precios de mercado, no pueden calcular racionalmente cómo asignar los recursos. El problema no es sólo técnico, sino profundamente humano: sin propiedad privada y sin libertad de elección, no hay responsabilidad individual ni innovación. No hay incentivos para mejorar, y la burocracia reemplaza al mérito.
En cambio, la economía de mercado, aunque parezca someter al individuo a las "fuerzas impersonales del mercado", es, como bien explicó Mises, el escenario donde cada consumidor ejerce su soberanía. El mercado es una red de decisiones libres e interdependientes donde cada acto de compra es un voto sobre qué debe producirse. Es, en palabras de Wilhelm Röpke, un orden espontáneo que refleja las preferencias de millones de personas sin necesidad de un planificador central.
Actualmente.
Basta observar el caso de Corea del Norte frente a Corea del Sur: mientras el primero mantiene una planificación centralizada y una economía colectivista, el segundo ha prosperado gracias a la economía de mercado, la innovación tecnológica y la apertura comercial. O en América Latina, podemos ver el colapso económico y social de Venezuela, donde la colectivización de los medios de producción destruyó la capacidad productiva, frente al resurgimiento económico de países como Uruguay o Chile (en su etapa de apertura económica), donde la descentralización del mercado impulsó el desarrollo.
Lo que el texto llama “decisión sometida al mercado” es, desde la filosofía liberal, la más elevada forma de libertad compatible con el orden: la libertad con responsabilidad. No es un sometimiento arbitrario, sino la aceptación de que las acciones tienen consecuencias, y que nuestra libertad encuentra su límite natural en la libertad de los demás.
Como diría Edmund Burke, “la libertad sin sabiduría ni virtud es el mayor de los males posibles”. Y esa sabiduría consiste en comprender que el valor de los bienes no lo dicta un burócrata, sino la elección libre de cada persona. Ese valor, como dijo Carl Menger, es subjetivo, y se construye desde abajo hacia arriba, no desde un escritorio estatal.
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El valor como coordenada de libertad: una crítica liberal-conservadora a la planificación centralizada.