El Código Napoleónico (1804) Esta obra monumental de derecho civil no solo consolidó los principios revolucionarios de igualdad ante la ley, secularización del Estado y protección de la propiedad privada, sino que se convirtió en modelo jurídico para más de 70 países. Inspirado en el racionalismo ilustrado (Montesquieu, Rousseau) pero con un profundo enfoque pragmático, el Código estableció un nuevo paradigma: el ciudadano como sujeto de derechos, no como súbdito de privilegios.
La centralización del Estado. Aunque Napoleón promovía la libertad legal, consolidó un aparato estatal altamente centralizado. Se crearon prefecturas, un sistema de administración territorial profesional, y se instauró la meritocracia, una idea que resonaría luego en los escritos de pensadores como Alexis de Tocqueville, quien advirtió del riesgo de la hipercentralización democrática, pero también valoró la eficacia institucional napoleónica.
Reformas educativas. Bonaparte entendía el poder de las ideas, por eso fundó liceos, academias y promovió la educación pública como medio de formar ciudadanos obedientes, pero también competentes. Esta visión anticipa lo que Friedrich Hayek más tarde denunciaría: el riesgo del uso de la educación por parte del Estado para construir una moral homogénea y utilitaria.
Fin del feudalismo y movilidad social. Napoleón abolió los privilegios nobiliarios y promovió la movilidad basada en el mérito, no en el linaje. Aquí se entrelaza con los valores del liberalismo clásico, especialmente los de Ludwig von Mises, quien consideraba que el libre acceso a la competencia era el fundamento de toda prosperidad genuina.
Cambios vigentes hasta nuestros días. El Código Civil Napoleónico aún sirve como columna vertebral del sistema jurídico en Francia, Italia, España y países latinoamericanos.
La educación pública organizada y centralizada mantiene sus bases napoleónicas en buena parte de Europa continental.
El principio de igualdad ante la ley sigue siendo pilar de las democracias liberales.
La administración pública meritocrática sigue siendo ideal de gestión, aunque muchas veces distorsionado por burocracias contemporáneas.
La figura de Napoleón desafía etiquetas simplistas. No fue un libertador en sentido liberal, pero sí un destructor de estructuras feudales. No fue un demócrata, pero sí un organizador moderno del Estado. Su legado muestra que el poder, cuando se adueña del discurso de la libertad, puede tanto edificar nuevas instituciones como moldearlas a su imagen autoritaria.
Desde una perspectiva liberal-conservadora, autores como Roger Scruton o Russell Kirk advertirían del peligro de la revolución sin arraigo. Y aunque Napoleón consolidó ciertos valores ilustrados, lo hizo sobre un trono de bayonetas. En ese sentido, su legado es paradójico: institucionalizó la libertad, pero sofocó la disidencia.
Ejemplos actuales. Francia mantiene la estructura del État napoléonien: fuerte, centralizado, legalista.
América Latina, con códigos civiles inspirados en el napoleónico, aún lidia con el equilibrio entre un Estado de derecho robusto y las tendencias autoritarias disfrazadas de legalismo.
La educación pública obligatoria, aún defendida como derecho, arrastra la lógica uniforme impuesta por Bonaparte, dificultando modelos descentralizados y personalizados.