Desde Roma hasta la URSS, de Napoleón a los Estados Unidos contemporáneos, la historia ha demostrado que todo poder concentrado en estructuras imperiales tiende a creer en su propia eternidad. “Todo imperio piensa que es inmortal” no es solo una frase literaria cargada de poesía trágica: es una advertencia que atraviesa los siglos. El poder, como señaló Lord Acton, “corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”, lo que hace que los imperios ignoren sus límites históricos, morales y económicos hasta que es demasiado tarde.
El imperio romano cayó no solo por las invasiones bárbaras, sino por su burocracia inflada, su moneda devaluada y una élite corrupta que parasitaba a los productores. La Unión Soviética colapsó por su autoritarismo económico centralizado, su pérdida de legitimidad interna y su arrogante creencia de que podía competir eternamente con el dinamismo del mercado libre. Estados Unidos, hoy, enfrenta síntomas similares: un Estado hipertrofiado, una deuda pública insostenible, instituciones políticas polarizadas y una cultura de la corrección política que sofoca la libertad de expresión.
Países como Venezuela, Argentina y Turquía han caído —cada uno a su manera— en la trampa imperial del poder perpetuo. En Venezuela, el chavismo creyó que podía transformar la historia a voluntad, aplastar el mercado, y eternizarse con una retórica populista. El resultado ha sido la ruina económica, el exilio masivo y una erosión brutal de la institucionalidad. Argentina, con ciclos populistas y déficit fiscales crónicos, repite el error de pensar que se puede eternizar un modelo basado en subsidios y emisión monetaria sin consecuencias. Turquía, por su parte, ha transitado del liberalismo económico al autoritarismo político, pretendiendo reconciliar control estatal con crecimiento sostenido, lo cual también muestra signos de fragilidad.
Friedrich Hayek advirtió en Camino de servidumbre que los gobiernos que buscan planificarlo todo acaban destruyendo la libertad. Oswald Spengler, en La decadencia de Occidente, habló del ciclo vital de las civilizaciones: juventud, madurez, decadencia. Roger Scruton, desde el pensamiento conservador, insistía en que el olvido de nuestras raíces y la arrogancia del progreso sin límites conducen al colapso cultural. Juan Ramón Rallo y Axel Kaiser, desde la economía liberal, han señalado cómo el estatismo prolongado lleva a la ruina económica y moral. Hannah Arendt explicó cómo el totalitarismo moderno se nutre del miedo al cambio y de la ilusión de permanencia absoluta del poder.
Ejemplos reales de la actualidad:
En EE. UU., la expansión del gasto público, las guerras eternas y la politización de las instituciones (como la Corte Suprema o el FBI) son síntomas de un sistema que cree que puede sostenerse sin reformas estructurales profundas.
En Europa, la Unión Europea enfrenta desafíos demográficos, migratorios y energéticos que ponen en jaque su idea de un modelo eterno de bienestar financiado sin suficiente producción.
China, con su modelo de capitalismo autoritario, también enfrenta una burbuja inmobiliaria y una crisis de confianza internacional, demostrando que el crecimiento sin libertades tiene un techo.
El verdadero antídoto contra la ilusión de la inmortalidad imperial es una ciudadanía educada en pensamiento crítico, historia y responsabilidad individual. Las escuelas deben enseñar que la libertad no es la norma de la historia, sino una conquista frágil. Las comunidades deben promover liderazgos virtuosos que comprendan que el poder es servicio, no permanencia. Las empresas y emprendedores deben resistir las tentaciones del clientelismo estatal y construir sobre principios éticos, no sobre privilegios.
Un modelo verdaderamente liberal-conservador, como el propuesto por Edmund Burke o Wilhelm Röpke, entiende que el cambio es necesario, pero debe ir anclado a la tradición, a la moral y al respeto por los límites naturales y humanos del poder.