Una mirada desde la filosofía liberal-conservadora, con paralelos históricos y actuales.

La ilusión del homo economicus. 
Durante siglos, la teoría económica clásica y neoclásica ha supuesto que los individuos actúan de forma racional, persiguiendo su propio beneficio de manera lógica y predecible. Esta noción del homo economicus fue útil para modelar sistemas, pero con el paso del tiempo se ha hecho evidente que las decisiones humanas están profundamente condicionadas por sesgos, emociones, cultura, e incluso por la arquitectura institucional.
Aquí entra la economía del comportamiento, con autores como Daniel Kahneman, Amos Tversky, Richard Thaler o Cass Sunstein, quienes desde la psicología cognitiva y la economía conductual han demostrado que nuestras decisiones frecuentemente se alejan de lo racional.

Sin embargo, ¿cómo se relaciona esto con el pensamiento liberal-conservador y su defensa de la libertad individual, la responsabilidad personal y los límites al poder estatal? ¿Qué implicaciones tiene esto en la práctica política, en la educación ciudadana, en la manipulación de masas?

Historia y fundamentos filosóficos del error humano.
La economía del comportamiento toma cuerpo a partir de la segunda mitad del siglo XX, especialmente tras la publicación de Prospect Theory (1979) por Kahneman y Tversky. Pero ya en siglos anteriores pensadores como David Hume o Edmund Burke advertían que la razón humana está limitada y que la tradición, la experiencia acumulada y las instituciones juegan un papel esencial en la toma de decisiones morales y políticas.

Pensadores liberales como Friedrich Hayek argumentaban que el conocimiento está disperso y que los seres humanos no pueden centralizar decisiones sin caer en errores fatales. Su concepto de orden espontáneo es una respuesta anticipada a la visión de que los individuos, actuando en libertad, aún con sus limitaciones cognitivas, pueden generar resultados positivos sin planificación centralizada.

Desde el pensamiento conservador, Russell Kirk o Michael Oakeshott profundizan en cómo las emociones, los hábitos y las costumbres configuran la elección individual, rechazando los modelos racionalistas abstractos de la Ilustración radical o del socialismo científico.

La economía del comportamiento como herramienta de manipulación estatal
La economía del comportamiento no solo describe cómo decidimos, sino que ha sido usada políticamente para influir en decisiones. Ejemplo de ello es el concepto de nudging ("empujoncito") propuesto por Sunstein y Thaler, aplicado en políticas públicas en países como Reino Unido o Estados Unidos.

El problema, desde la visión liberal-conservadora, no es la técnica en sí, sino quién la ejerce y con qué propósito. En palabras de Hayek, permitir que el Estado "empuje" al ciudadano en una dirección "más racional" es una forma de arrogancia epistemológica. Es una pendiente resbaladiza hacia la manipulación paternalista.

Comparaciones internacionales: el caso Suecia vs. Argentina.
Suecia ha sido ejemplo del uso de la economía del comportamiento para el diseño de políticas públicas de salud, educación financiera y pensiones. Su éxito radica en que sus instituciones son estables, transparentes y existen altos niveles de confianza social. El uso de nudges no elimina la libertad de elección, sino que facilita mejores decisiones.

Argentina, en contraste, presenta un caso donde el Estado ha usado sistemáticamente la manipulación emocional del electorado —aprovechando sesgos como el present bias (sesgo hacia el presente)— para promover políticas populistas de corto plazo, como subsidios insostenibles o controles de precios. El resultado es el empobrecimiento estructural y la dependencia del Estado, en lugar de una ciudadanía empoderada y educada.

Este contraste refleja que las mismas herramientas pueden tener fines distintos dependiendo de la cultura política e institucional del país.

Libertad y educación frente al sesgo.
Si reconocemos que los seres humanos toman decisiones imperfectas, la respuesta no debe ser el control estatal, sino la educación en libertad. El pensamiento liberal-conservador sostiene que:

La libertad es un valor en sí mismo, incluso si a veces conduce a errores.
El rol del Estado debe ser garantizar reglas claras, no manipular preferencias.
La educación moral y cívica es clave para formar ciudadanos conscientes y responsables.

Hoy, cuando gobiernos y plataformas tecnológicas intentan dirigir nuestras decisiones bajo la excusa de "mejorar nuestro bienestar", es urgente recordar que la libertad también implica el derecho a equivocarse. Una sociedad virtuosa no es la que no comete errores, sino aquella que aprende de ellos sin sacrificar su alma.

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