Durante siglos, la comprensión del ser humano ha sido fragmentada entre disciplinas. La filosofía indagaba el propósito, la psicología sus procesos mentales, y la economía sus decisiones materiales. Sin embargo, fue Ludwig von Mises, economista de la Escuela Austríaca, quien planteó en La acción humana (1949) una síntesis poderosa: el ser humano actúa. Este axioma, aparentemente simple, constituye el núcleo de la praxeología: la ciencia de la acción humana. Desde esta perspectiva, toda elección implica propósito, medios y fines, lo que convierte a la acción en el punto de partida de toda teoría social coherente.
Ludwig von Mises, no solo ofreció un marco metodológico, sino también un principio filosófico: el respeto radical a la libertad individual, ya que solo en libertad la acción tiene sentido. La acción no es un reflejo mecánico, ni un mero impulso biológico, sino una manifestación consciente de la voluntad. Este enfoque fue reforzado por Friedrich Hayek, quien advirtió sobre los peligros del constructivismo racionalista y defendió el orden espontáneo del mercado como el resultado de múltiples acciones individuales en libertad.
La psicología —dominada por el conductismo, el cognitivismo y recientemente por el neurodeterminismo— tardó en reconocer el carácter teleológico de la conducta humana. Solo recientemente, gracias a corrientes como la psicología evolutiva, el enfoque narrativo y la economía conductual, se empieza a redescubrir lo que Mises ya había establecido: que los individuos no solo reaccionan, sino que actúan, eligen y aprenden. El psicólogo Viktor Frankl, desde la logoterapia, ya había intuido esta dimensión volitiva y espiritual, mientras que autores contemporáneos como Jordan B. Peterson han reintroducido la importancia del significado y la responsabilidad individual.
Ejemplos actuales nos lo confirman: frente a un Estado hiperregulador y paternalista que trata al ciudadano como un ente pasivo, vemos surgir individuos que, motivados por fines propios, emprenden, innovan y rehúsan someter su vida a esquemas colectivistas. Desde los padres que deciden educar en casa en defensa de principios, hasta los jóvenes que se rebelan contra la cultura de la victimización, lo que observamos es el resurgir del sujeto moral: el actor que decide.
Así, la psicología empieza a "ponerse al día" con la economía austriaca, reconociendo que comprender al ser humano exige partir de su capacidad de actuar con sentido, no de su supuesta irracionalidad.
Cuando olvidamos que el ser humano actúa, elegimos por él y lo despojamos de su dignidad. Recordar que cada persona es un actor, no un engranaje, es defender la libertad no como un ideal abstracto, sino como la única condición posible para una vida verdaderamente humana. La libertad no es caos, sino responsabilidad; no es instinto, sino acción con propósito. Y en ella, encontramos no solo economía, sino sentido.