A lo largo de la historia, el concepto de bien común ha sido objeto de múltiples interpretaciones y disputas. En nombre del bien común se han fundado repúblicas, pero también dictaduras. El colectivismo ideológico, por su parte, se presenta como la versión organizada del sacrificio del individuo por un supuesto bien superior. Este artículo busca esclarecer la diferencia entre el auténtico bien común —arraigado en la dignidad de la persona— y las formas de colectivismo ideológico que lo distorsionan, desde una perspectiva liberal-conservadora que valora tanto la libertad individual como los valores trascendentes.
El bien común no es la suma de los bienes individuales, sino el conjunto de condiciones sociales que permiten a las personas realizarse plenamente. Así lo definió Santo Tomás de Aquino, quien lo vinculó a la ley natural y a la participación de la razón en el orden divino. En su Suma Teológica, el bien común no se opone al individuo, sino que lo perfecciona: “el bien de la multitud es más divino que el de cada uno en particular”.
En tiempos modernos, Jacques Maritain, filósofo cristiano y demócrata personalista, defendió la idea de que el bien común debía estar al servicio de la persona humana y no al revés. Para él, el Estado existe para facilitar el florecimiento moral y espiritual del ser humano, no para absorber su identidad.
El colectivismo ideológico: una perversión del bien común. El colectivismo ideológico, ya sea en su versión marxista, fascista o populista, convierte al individuo en instrumento del grupo. Como denunció Friedrich Hayek en Camino de servidumbre (1944), este tipo de pensamiento exige planificación centralizada, elimina la libertad personal y suprime la diversidad de fines individuales. El resultado es la tiranía: “Cuanto mayor es el poder del Estado, más pequeño es el individuo”.
Ludwig von Mises, desde la praxeología, explicó que el colectivismo niega la acción humana libre al suplantar el juicio individual por mandatos colectivos. En Socialismo (1922), argumentó que sin libertad económica, la planificación conduce a errores masivos y empobrece tanto material como espiritualmente a las sociedades.
Desde la vereda conservadora, Roger Scruton alertó sobre los efectos destructivos del colectivismo posmoderno en la cultura y la tradición. Para él, la izquierda contemporánea ha reemplazado el bien común por una visión ideológica que desprecia la historia, la religión y las raíces que mantienen cohesionada una comunidad.
Entre el bien común y el colectivismo.
El caso de Venezuela. En nombre del pueblo, el chavismo impuso una dictadura que destruyó el aparato productivo, la moneda y la confianza social. El bien común fue reemplazado por la voluntad del partido, y el resultado ha sido el éxodo de más de 7 millones de personas, una crisis humanitaria y la pérdida de soberanía individual.
El modelo de Suiza. A contrapelo, Suiza representa un equilibrio liberal-conservador. Respeta la propiedad privada, la descentralización política y la subsidiariedad. Su democracia directa permite que el bien común se defina desde abajo, no impuesto desde arriba. La estabilidad y prosperidad suiza muestran que la libertad con responsabilidad construye una comunidad cohesionada y próspera.
Políticas educativas colectivistas en América Latina. En muchos países de la región, los sistemas educativos han sido capturados por agendas ideológicas que priorizan la "conciencia de clase" y el "cambio estructural" sobre el mérito, el pensamiento crítico y la excelencia. Lejos de formar ciudadanos libres y virtuosos, forman masas alienadas. Esto erosiona el bien común al minar la base moral y cultural de la sociedad.
La visión liberal-conservadora. El liberalismo clásico, representado por John Locke, Adam Smith o Frédéric Bastiat, sostiene que el bien común surge espontáneamente del respeto a los derechos individuales, el orden jurídico y el mercado libre. El conservadurismo, por su parte, aporta la idea de que la libertad necesita virtud, orden y tradición.
Russell Kirk, padre del conservadurismo moderno en EE.UU., enseñó que una sociedad libre requiere raíces: religión, moral, instituciones intermedias. No basta con libertad económica; se necesita una cultura que honre la responsabilidad, la familia y la verdad.
Desde esta síntesis liberal-conservadora, el bien común no se decreta, se cultiva. No se impone desde el Estado, se construye desde la sociedad civil.
La historia demuestra que toda ideología que sacrifica al individuo en nombre de un ideal colectivo termina en miseria y represión. En cambio, las sociedades que protegen la libertad bajo un marco moral fuerte alcanzan la paz, la prosperidad y la verdadera solidaridad.
La tarea de nuestro tiempo es rescatar el concepto de bien común de las garras del colectivismo ideológico, y devolverlo a su fundamento originario: la dignidad de la persona humana, libre, responsable y trascendente.