Moral objetiva y ley natural como fundamento de la política, la economía y la filosofía liberal-conservadora.
Desde los albores de la civilización occidental, la idea de que existe una ley natural —un orden moral inscrito en la naturaleza humana y comprensible por la razón— ha sido el cimiento de las reflexiones políticas y filosóficas más influyentes. Filósofos como Aristóteles, Cicerón, Tomás de Aquino y, más recientemente, pensadores como John Locke, Edmund Burke, Ludwig von Mises y Russell Kirk, han sostenido que la moral objetiva no solo orienta la conducta personal, sino que debe guiar las leyes, las instituciones y las decisiones económicas.
Tomás de Aquino, en su Suma Teológica, planteó que la ley humana solo es legítima si deriva de la ley natural, es decir, del orden moral inscrito por Dios en la naturaleza humana. John Locke, inspirado por el pensamiento escolástico, desarrolló su teoría de los derechos naturales (vida, libertad y propiedad) como preexistentes al Estado, siendo el gobierno legítimo solo en la medida en que los respeta.
Este fundamento fue clave para el constitucionalismo clásico liberal: la Constitución de los Estados Unidos, por ejemplo, se basa en la noción de que ciertos derechos son "inalienables" porque no provienen del gobierno, sino de la naturaleza humana y de Dios.
Ludwig von Mises parte de una praxeología que presupone al ser humano como actor racional, buscando fines bajo condiciones de escasez. Pero incluso esta neutralidad metodológica se apoya implícitamente en una verdad antropológica: la persona tiene una dignidad que la hace libre para actuar. Wilhelm Röpke, otro liberal conservador, sostuvo que el orden económico solo prospera si está enraizado en una cultura moral sólida, con virtudes como la responsabilidad, el esfuerzo y el respeto a la propiedad ajena.
Hoy vemos las consecuencias del relativismo moral y la negación de la ley natural: Estados que redefinen la vida y la familia según conveniencia política; economías dirigidas que promueven el resentimiento en lugar del mérito; políticas públicas que anulan la subsidiariedad, eliminando la responsabilidad individual.
Ejemplo actual: La creciente inflación en países como Argentina o Venezuela no es solo un fallo económico, sino una violación ética: la emisión descontrolada de dinero, sin respaldo ni responsabilidad, es una forma moderna de robo legalizado. Como dijo Frédéric Bastiat, "el Estado es la gran ficción mediante la cual todos tratan de vivir a expensas de todos los demás". Detrás de estas crisis hay una pérdida del principio moral de que no se debe tomar lo ajeno, ni siquiera bajo la excusa de la ley.
Una sociedad que rechaza toda verdad moral objetiva cae inevitablemente en el voluntarismo del más fuerte. Sin una ley natural que limite al poder, el derecho deja de ser escudo del débil para convertirse en arma del tirano. El verdadero progreso no consiste en romper con los principios eternos, sino en redescubrirlos a la luz de nuevos desafíos.