La ilusión del libre mercado en Estados Unidos.

Creer que Estados Unidos posee hoy una economía de libre mercado, es una falacia peligrosa. Aunque en el imaginario colectivo se asocia el país con el capitalismo competitivo, la realidad es que la economía se encuentra profundamente intervenida por un conglomerado de intereses especiales: corporaciones, sindicatos, grupos de lobby y un entramado de agencias gubernamentales que responden tanto a actores internos como externos. Entre estos, lo que algunos denominan Estado Profundo actúa como un sistema paralelo de poder, articulando una forma de planificación económica centralizada que contradice el principio mismo de la libre competencia.

Históricamente, pensadores como Friedrich A. Hayek advirtieron en Camino de servidumbre que la planificación centralizada conduce inevitablemente a la pérdida de libertades, incluso en democracias sólidas. Ludwig von Mises señaló que el intervencionismo no puede sostenerse indefinidamente sin caer en crisis recurrentes, pues distorsiona las señales del mercado y crea burbujas artificiales. En el plano político, Barry Goldwater y Milton Friedman advirtieron que un Estado demasiado involucrado en la economía erosiona la responsabilidad individual y la innovación empresarial.

Ejemplos actuales lo confirman: la masiva inyección de liquidez por parte de la Reserva Federal durante la pandemia generó una expansión artificial del consumo y la inversión, alimentando una inflación que, en 2022, alcanzó niveles no vistos en cuatro décadas. Grandes corporaciones tecnológicas, beneficiadas por contratos gubernamentales y regulaciones hechas a medida, operan en un entorno donde el capitalismo de libre mercado se ve reemplazado por un capitalismo clientelar (crony capitalism), más cercano a una economía mixta con sesgo corporativista que a un sistema libre.

En la filosofía política liberal-conservadora, autores como Russell Kirk y Roger Scruton enfatizaron que el orden económico debe estar al servicio de la dignidad humana, pero no sujeto a un control tecnocrático que sofoca la espontaneidad del mercado y el tejido moral de la sociedad. El problema no es únicamente económico: es cultural y ético. Cuando la política monetaria y fiscal se utiliza como herramienta de manipulación política, el ciclo de auge y caída se hace inevitable. Y cuanto más se retrase el ajuste, más grande será la burbuja que, como advirtió Ludwig von Mises, “siempre estalla”.

El mercado, como proceso de descubrimiento y coordinación, es más poderoso que cualquier ingeniería social diseñada desde despachos gubernamentales. La historia demuestra que la intervención prolongada no puede eludir las leyes económicas; solo posterga y agrava la corrección. La verdadera prosperidad requiere limitar el poder del Estado y restaurar la integridad del mercado.

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