En el siglo XXI, los autócratas ya no necesitan tanques en las calles ni golpes militares para imponerse. Han aprendido a desgastar la democracia desde adentro, empleando un método que podríamos llamar erosión institucional progresiva. Con un discurso que invoca la “voluntad del pueblo”, centralizan el poder, debilitan la independencia judicial, someten a los medios de comunicación y neutralizan a la oposición política. No destruyen la democracia de un golpe, sino que la convierten en una fachada vacía.
En el plano histórico, este fenómeno tiene raíces en experiencias como el fascismo y el socialismo real, pero en la actualidad adopta formas más sofisticadas. Autores como Alexis de Tocqueville advirtieron que las democracias pueden morir por la apatía ciudadana y el exceso de centralismo. Friedrich Hayek y Ludwig von Mises denunciaron que, bajo la excusa de la justicia social, los gobiernos pueden concentrar poder hasta sofocar la libertad individual. Karl Popper alertó sobre los enemigos internos de la sociedad abierta, que destruyen el sistema que los llevó al poder.
En economía, el guion de los autócratas es claro: controlar sectores estratégicos, aumentar el gasto público para crear dependencia y usar subsidios como herramienta de lealtad política. La disciplina fiscal es sacrificada en aras de popularidad inmediata, mientras la inflación, la fuga de capitales y la pobreza aumentan.
En política, se recurre a reformas constitucionales hechas a medida, a la ampliación de mandatos y a la manipulación de organismos electorales. Se emplea la narrativa de “ellos contra nosotros” para dividir a la sociedad y consolidar un bloque leal.
Ejemplos contemporáneos abundan: Vladimir Putin en Rusia ha usado elecciones controladas para perpetuarse; Nicolás Maduro en Venezuela convirtió las instituciones en meras extensiones del partido; Recep Tayyip Erdoğan en Turquía ha reformado la Constitución para concentrar poder presidencial; Daniel Ortega en Nicaragua ha eliminado la competencia política. Todos han seguido, con matices, la misma coreografía.
Desde una perspectiva liberal-conservadora, este avance del autoritarismo evidencia la necesidad de preservar el Estado de derecho, la separación de poderes y las libertades individuales como pilares no negociables. Como señaló James Madison, “el poder debe ser puesto en equilibrio contra el poder” para evitar la tiranía.