Cada vez que un emprendedor quiere iniciar un negocio, se enfrenta no solo al reto de ofrecer un producto o servicio valioso, sino también a un laberinto de licencias, permisos y certificaciones exigidas por el Estado. Lo que se presenta como “protección al consumidor” muchas veces es, en realidad, protección a competidores ya establecidos.
Ludwig von Mises advirtió que las restricciones artificiales a la entrada en un mercado reducen la competencia, elevan precios y limitan la innovación. La Escuela Austríaca enfatiza que el conocimiento práctico está disperso en millones de actores, y que son ellos —no un burócrata— quienes descubren las mejores soluciones a través de la prueba, el error y la competencia.
Cuando un permiso tarda meses en otorgarse, o sus requisitos son prohibitivos, el costo no solo lo paga el emprendedor que se queda fuera, sino también el consumidor, que pierde acceso a mejores opciones. La verdadera “protección” es un mercado abierto, donde la reputación, la competencia y la responsabilidad individual sean las que regulen.
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