Una de las metáforas más absurdas usadas por los luditas es el miedo a ser reemplazados por una fábrica de robots trabajando 24/7/365. Pero los robots no viven. No quieren un auto nuevo ni un traje nuevo. No tienen deseos ni aspiraciones.
Los clientes que compran los productos son humanos—y ellos cuentan con otras fuentes de ingresos. Sin esos ingresos, no hay producto que vender, ni producto que producir. El mito ludita se estrella contra la ley de la oferta y la demanda.
Lo que sí logran los robots es liberar el trabajo humano para que las personas se dediquen a actividades en las que están más motivadas—y esa motivación se convierte en nuevas fuentes de ingreso.
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