Uno de los grandes mitos contemporáneos es la obsesión con la “estabilidad” monetaria decretada desde bancos centrales. Se nos dice que, si el índice de precios al consumidor sube sólo un 2% anual, todo marcha bien. Pero como señalaba Ludwig von Mises, la inflación no es un fenómeno de precios, sino de creación de dinero.
Los bancos centrales manipulan la oferta monetaria para perseguir objetivos políticos: estimular el consumo, rescatar gobiernos endeudados, o sostener burbujas financieras. El resultado es que se distorsionan las tasas de interés, se premia el endeudamiento irresponsable y se castiga el ahorro productivo.
La Escuela Austríaca nos recuerda que no existe un “nivel óptimo” de inflación fijado por burócratas. Sólo el mercado, mediante la interacción libre de oferentes y demandantes de dinero y crédito, puede coordinar las decisiones intertemporales de millones de personas. Cada intervención monetaria, por mínima que parezca, altera el proceso de descubrimiento emprendedor y siembra las semillas de la próxima crisis.
El espejismo de la estabilidad es, en realidad, la antesala de la inestabilidad. El verdadero orden no se impone desde arriba: surge espontáneamente cuando el dinero vuelve a ser sólido, escaso y libre de manipulación estatal.
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