Defender la razón hoy tiene consecuencias políticas y económicas profundas y multifacéticas, clave para entender los desafíos contemporáneos en ambos ámbitos.
Fortalecimiento del Estado de derecho y la institucionalidad: Defender la razón implica proteger las instituciones democráticas, la justicia imparcial y la deliberación racional en política. La defensa de la razón combate la intolerancia, la represión de la disidencia y el autoritarismo, pues quienes recurren a la violencia o la censura para imponerse demuestran la debilidad racional de sus argumentos. Así, la razón es la base para la legitimidad política y la convivencia pluralista en sociedades complejas.
Impulso a la democracia deliberativa: Estimula una cultura política donde las decisiones públicas se basan en debates razonados, con ciudadanos apelando a principios compartidos y evitando imposiciones dogmáticas o emocionales. Esto fortalece el ideal del liberalismo político que John Rawls conceptualiza como razón pública, donde la legitimidad del poder descansa en la aceptación racional por parte de la ciudadanía.
Resistencia a ideologías irracionales y populismos: La defensa de la razón combate discursos basados en prejuicios, desinformación o sentimientos como la envidia, que a menudo alimentan políticas económicas y sociales erróneas, como el socialismo dogmático o posturas racistas. La razón permite analizar las ideas y políticas en función de sus hechos y resultados, en lugar de en emociones o posiciones identitarias.
Consecuencias económicas de defender la razón hoy.
Políticas económicas basadas en evidencia: Defender la razón impulsa el diseño de políticas económicas que se fundamentan en datos, análisis riguroso y resultados comprobables, no en dogmas ni intereses particulares. Esto es crucial para manejar desafíos como la inflación, la desigualdad o las crisis financieras, y para reconocer cuándo los sectores contribuyen o no al progreso económico.
Promoción de mercados competitivos y cooperación social: La racionalidad económica apunta a sistemas donde la cooperación, el mercado libre y la innovación se apoyan en reglas claras y respeto a la libertad individual, facilitando progreso y desarrollo sostenible. Al mismo tiempo, la razón exige reconocer y corregir fallos de mercado y desigualdades que limiten las oportunidades para todos.
Evitar impactos negativos de decisiones irracionales: Por ejemplo, la irracionalidad en políticas comerciales (aranceles) o regulaciones puede elevar precios, reducir crecimiento y aumentar pobreza. La razón promueve una economía que evalúa cuidadosamente costos y beneficios, evitando efectos contraproducentes para el bienestar general.