Cada vez que el Estado anuncia un nuevo “marco regulatorio para la IA”, escucho la misma promesa desgastada: Confíen en nosotros. Venimos a protegerlos.
¿Protegerme? ¿La misma institución que no puede equilibrar un presupuesto, que no puede entregar correo a tiempo, que no puede garantizar derechos básicos y que no puede contener su propio impulso hacia la vigilancia masiva… ahora pretende tener la autoridad moral y la competencia técnica para dictar el futuro de la innovación?
La verdad es sencilla: los políticos no temen una “IA peligrosa.”
Temen la inteligencia no controlada—la que expone despilfarros, evita intermediarios y acelera la cooperación voluntaria más rápido de lo que cualquier burocracia puede soportar.
Los mercados se adaptan. Los individuos innovan.
Solo los gobiernos regulan primero, entienden después y jamás se disculpan.
La amenaza real no es la IA.
La amenaza real es otorgarle a un monopolio coercitivo la facultad de decidir quién puede innovar y a qué velocidad.
Dejen a la gente libre experimentar. Dejen a los adultos consentir y construir.
El progreso no nace del permiso, sino de la libertad.
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