donald trump y los paralelos incómodos a la doctrina marxista

La doctrina marxista-leninista se basa en una premisa única y corrosiva: el fin justifica los medios. Uno de esos medios es el uso sistemático de «tontos útiles»: aliados a quienes se eleva cuando conviene y se descarta en el momento en que dejan de ser útiles.

Al examinar la trayectoria de Donald Trump, los paralelismos históricos resultan inquietantes. No son idénticos, ni aún catastróficos, pero la dirección es familiar. Vladimir Lenin, Fidel Castro y Joseph Stalin siguieron el mismo manual: purgar a los rivales, instrumentalizar a los aliados, centralizar el poder y luego redefinir la lealtad como obediencia.

Muchos en el movimiento MAGA aplauden las acciones de Trump en Venezuela porque creen que se está derrocando a un tirano «allá», sin percatarse de la consolidación del poder que tiene lugar en Washington D.C. El teatro externo es una distracción probada para ocultar la toma del poder interno.

La historia demuestra que los autoritarios devoran a los suyos. El patrón es inconfundible. Las siguientes figuras fueron elevadas, explotadas y luego marginadas o descartadas cuando dejaron de ser útiles:

  • John Bolton
  • Steve Bannon
  • Paul Manafort
  • Rand Paul
  • Juan Guaidó
  • Marjorie Taylor Greene
  • María Corina Machado
  • María Elvira Salazar
  • Rex Tillerson
  • Jeff Sessions
  • Mark Esper
  • Mike Pence
  • Nikki Haley
  • James Mattis
  • Anthony Scaramucci

Esta no es una lista de traidores. Es una lista de personas prescindibles.

Los movimientos autoritarios no recompensan la lealtad. Castigan la independencia. Y siempre, sin excepción, devoran a quienes creyeron ser diferentes.

El poder centralizado, personalizado y exento de rendición de cuentas nunca es un medio para la libertad, independientemente de la bandera, el lema o el enemigo de turno.

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La legitimidad no es un eslogan: Venezuela y la trampa del “Misión Cumplida”

Ver cómo Trump le retiró el respaldo a María Corina Machado de forma tan abrupta no fue solo sorprendente; fue estratégicamente imprudente.

El poco apalancamiento que quedaba dependía de la coherencia en el reconocimiento. Machado no era un símbolo decorativo; era el último anclaje civil viable para negar legitimidad al régimen sin escalar a lo militar. Al desautorizarla, esa opción desapareció de inmediato.

Peor aún, al tratar a Delcy Rodríguez como una interlocutora válida, Trump terminó legitimando al mismo régimen que dice combatir. No se puede deslegitimar a un gobierno mientras se valida a su vocera como autoridad. Esa contradicción destruye la credibilidad y neutraliza cualquier presión real.

Esto empieza a parecer otro “Mission Accomplished”: declarar control donde no lo hay, confundir retórica con estrategia y asumir que presión equivale a resolución.

Venezuela nunca fue una campaña corta. Y socavar tu propio marco de reconocimiento solo garantiza un estancamiento más largo, más desordenado y con menos opciones no militares disponibles.

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El Verdadero Riesgo No es la Inteligencia Artificial, Sino la Inteligencia Coercitiva del Estado

Cada vez que el Estado anuncia un nuevo “marco regulatorio para la IA”, escucho la misma promesa desgastada: Confíen en nosotros. Venimos a protegerlos.

¿Protegerme? ¿La misma institución que no puede equilibrar un presupuesto, que no puede entregar correo a tiempo, que no puede garantizar derechos básicos y que no puede contener su propio impulso hacia la vigilancia masiva… ahora pretende tener la autoridad moral y la competencia técnica para dictar el futuro de la innovación?

La verdad es sencilla: los políticos no temen una “IA peligrosa.”

Temen la inteligencia no controlada—la que expone despilfarros, evita intermediarios y acelera la cooperación voluntaria más rápido de lo que cualquier burocracia puede soportar.

Los mercados se adaptan. Los individuos innovan.

Solo los gobiernos regulan primero, entienden después y jamás se disculpan.

La amenaza real no es la IA.

La amenaza real es otorgarle a un monopolio coercitivo la facultad de decidir quién puede innovar y a qué velocidad.

Dejen a la gente libre experimentar. Dejen a los adultos consentir y construir.

El progreso no nace del permiso, sino de la libertad.

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La burbuja universitaria: cuando el subsidio estatal destruye la educación

Cada año, los titulares anuncian “más ayuda federal” para que los jóvenes puedan pagar la universidad. Políticos y burócratas celebran estas medidas como un triunfo de la equidad. Sin embargo, la realidad es muy distinta: lejos de hacer la educación más accesible, los subsidios y préstamos federales han inflado artificialmente los costos universitarios, creando una burbuja insostenible.

Ludwig von Mises explicó que cuando se expande el crédito más allá del ahorro real, se generan distorsiones que terminan en crisis. El mercado de la educación superior es un ejemplo vivo: la disponibilidad garantizada de préstamos estudiantiles otorga a las universidades un incentivo perverso para subir matrículas sin límite. Después de todo, el estudiante no paga de su bolsillo inmediato: lo hace con deuda, respaldada por el Estado.

El resultado es doblemente dañino:

  • Los estudiantes cargan con deudas impagables que condicionan sus vidas durante décadas.
  • La sociedad sufre una mala asignación de recursos, pues muchos terminan en carreras sin demanda real, solo porque el crédito fácil lo permitió.

La Escuela Austríaca de Economía nos recuerda que los precios tienen una función esencial: transmitir información y coordinar decisiones. Al manipular los precios de la educación con subsidios y préstamos garantizados, el Estado destruye estas señales. La consecuencia es la sobreproducción de títulos y la depreciación del valor educativo, mientras las universidades se convierten en gigantes burocráticos con costos administrativos desbordados.

El remedio no es más intervención, sino menos. Un sistema de educación basado en responsabilidad individual, competencia real y precios de mercado permitiría que las universidades se ajusten a la demanda genuina, que los estudiantes elijan con criterio económico y que la sociedad se libere de una burbuja que amenaza con estallar.

Mises lo dijo claro: “No hay medios para evitar el colapso final de un auge creado por la expansión del crédito.” La educación universitaria no escapa a esta ley.


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La guerra de divisas: un callejón sin salida

Cada cierto tiempo los gobiernos desempolvan la vieja receta de la “devaluación competitiva”. Creen que al abaratar artificialmente su moneda lograrán exportar más, importar menos y así “reactivar” la economía.

Pero como explicó Ludwig von Mises, esta ilusión monetaria nunca genera verdadera prosperidad.

  • Lo que se gana en exportaciones se pierde en poder adquisitivo interno: los ciudadanos pagan más por los bienes que consumen.
  • La supuesta “ventaja” desaparece cuando otros países responden con sus propias devaluaciones, desatando una carrera hacia el abismo.
  • Al final, la inflación erosiona el ahorro, destruye la confianza y posterga las inversiones de largo plazo que son la base del crecimiento real.

La Escuela Austríaca enseña que no hay atajos mágicos: la riqueza surge de la productividad, la innovación y el respeto a la propiedad privada, no de manipular el tipo de cambio.

La guerra de divisas no es un juego que se pueda ganar. Es un síntoma más de la incapacidad de los gobiernos de enfrentar la raíz del problema: el gasto público desbordado y la expansión monetaria sin freno.

La salida no está en más devaluaciones, sino en restaurar la estabilidad monetaria y devolver la responsabilidad al mercado libre.

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El espejismo de la “estabilidad” monetaria

Uno de los grandes mitos contemporáneos es la obsesión con la “estabilidad” monetaria decretada desde bancos centrales. Se nos dice que, si el índice de precios al consumidor sube sólo un 2% anual, todo marcha bien. Pero como señalaba Ludwig von Mises, la inflación no es un fenómeno de precios, sino de creación de dinero.

Los bancos centrales manipulan la oferta monetaria para perseguir objetivos políticos: estimular el consumo, rescatar gobiernos endeudados, o sostener burbujas financieras. El resultado es que se distorsionan las tasas de interés, se premia el endeudamiento irresponsable y se castiga el ahorro productivo.

La Escuela Austríaca nos recuerda que no existe un “nivel óptimo” de inflación fijado por burócratas. Sólo el mercado, mediante la interacción libre de oferentes y demandantes de dinero y crédito, puede coordinar las decisiones intertemporales de millones de personas. Cada intervención monetaria, por mínima que parezca, altera el proceso de descubrimiento emprendedor y siembra las semillas de la próxima crisis.

El espejismo de la estabilidad es, en realidad, la antesala de la inestabilidad. El verdadero orden no se impone desde arriba: surge espontáneamente cuando el dinero vuelve a ser sólido, escaso y libre de manipulación estatal.

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El mito ludita contra los robots y la realidad del mercado

Una de las metáforas más absurdas usadas por los luditas es el miedo a ser reemplazados por una fábrica de robots trabajando 24/7/365. Pero los robots no viven. No quieren un auto nuevo ni un traje nuevo. No tienen deseos ni aspiraciones.

Los clientes que compran los productos son humanos—y ellos cuentan con otras fuentes de ingresos. Sin esos ingresos, no hay producto que vender, ni producto que producir. El mito ludita se estrella contra la ley de la oferta y la demanda.

Lo que sí logran los robots es liberar el trabajo humano para que las personas se dediquen a actividades en las que están más motivadas—y esa motivación se convierte en nuevas fuentes de ingreso.

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La crisis energética y el intervencionismo verde

Los titulares en varios países muestran la misma realidad: cortes de electricidad, precios de combustibles al alza y una creciente inseguridad energética. Lejos de ser un “fallo del mercado”, estos problemas son consecuencia directa de la planificación central disfrazada de política verde.

Gobiernos en Europa y América han impuesto subsidios, cuotas y prohibiciones con la idea de acelerar la transición energética. Se cierran plantas de energía convencionales antes de que existan sustitutos confiables, se subsidian tecnologías inmaduras y se obliga a los consumidores a pagar la factura. El resultado era predecible: cuellos de botella, encarecimiento y escasez.

Ludwig von Mises advirtió que cada intervención estatal lleva inevitablemente a otra, creando una cadena de distorsiones. Al manipular los precios de la energía y restringir la libre competencia, los gobiernos destruyen el único mecanismo capaz de descubrir soluciones sostenibles: el emprendimiento en el mercado.

La Escuela Austríaca de Economía enseña que la energía, como cualquier otro bien, debe evolucionar por el proceso de ensayo y error empresarial. Si el petróleo, el gas o el carbón pierden relevancia, debe ser porque empresarios encuentran mejores opciones que satisfacen a consumidores de manera más barata, confiable y abundante. No porque un decreto elimine alternativas antes de tiempo.

El caso fresco de varios países que apostaron demasiado rápido a esquemas forzados demuestra esta lección: sin precios libres y competencia abierta, las transiciones se convierten en crisis artificiales. La energía verde no necesita ser impuesta; si realmente es superior, el mercado la adoptará voluntariamente.

Como recordaba Mises, “no hay manera de evitar las consecuencias últimas de la intervención, salvo abandonando la intervención misma.” En el ámbito energético, esto significa dejar atrás el intervencionismo verde y devolver a los ciudadanos la libertad de elegir.


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El espejismo del “reshoring”: cadenas de suministro, subsidios y la ilusión de seguridad económica

En los últimos años, gobiernos y grandes corporaciones han impulsado la idea del reshoring (traer de vuelta la producción al país de origen) y el onshoring (localizarla dentro de las fronteras nacionales) como estrategias para reducir riesgos y fortalecer la “soberanía económica”. Se ofrecen subsidios millonarios, créditos fiscales y políticas proteccionistas bajo el argumento de “seguridad nacional” y “creación de empleos”.

Pero desde la perspectiva de Ludwig von Mises y la Escuela Austríaca de Economía, esta visión es un espejismo que ignora principios básicos del funcionamiento del mercado.


El problema de las señales de precios

Las cadenas de suministro globales no son un accidente ni el resultado de conspiraciones corporativas: son el fruto de un proceso espontáneo donde precios, costos y preferencias guían el capital hacia su uso más eficiente. Cuando un gobierno subvenciona el reshoring de fábricas, interrumpe este proceso y envía señales falsas al mercado.

El resultado no es mayor resiliencia, sino malinversión. Se construyen plantas no porque el consumidor lo demande, sino porque el subsidio lo hace rentable en el corto plazo.


Seguridad aparente, fragilidad real

Paradójicamente, las políticas de “soberanía industrial” suelen hacer a la economía más frágil. Al limitar la competencia internacional y restringir la especialización, se eleva el costo de producción, se reduce la innovación y se genera una dependencia artificial de subsidios estatales.

Como señaló Mises: “El proteccionismo no protege a la nación. Protege a grupos privilegiados a expensas del resto de la población.”


La verdadera resiliencia

La historia muestra que las cadenas de suministro más robustas son aquellas que surgen del libre comercio y la descentralización. Diversificar proveedores globalmente, en lugar de encerrarse tras muros políticos, permite adaptarse mejor a crisis y disrupciones.

La auténtica seguridad económica no se construye con planes industriales diseñados en despachos estatales, sino dejando que el mercado —a través de la cooperación voluntaria y la competencia— configure la red más eficiente y flexible posible.


Conclusión

El reshoring promovido por subsidios y proteccionismo es otra forma de planificación central disfrazada de pragmatismo. Puede dar titulares políticos y beneficios a sectores privilegiados, pero a largo plazo erosiona la prosperidad general.

Como bien enseñó Mises, la única política industrial verdaderamente sostenible es la que confía en el mercado libre. Todo lo demás es pan para hoy y hambre para mañana.


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Licencias y permisos: la barrera invisible al emprendimiento

Cada vez que un emprendedor quiere iniciar un negocio, se enfrenta no solo al reto de ofrecer un producto o servicio valioso, sino también a un laberinto de licencias, permisos y certificaciones exigidas por el Estado. Lo que se presenta como “protección al consumidor” muchas veces es, en realidad, protección a competidores ya establecidos.

Ludwig von Mises advirtió que las restricciones artificiales a la entrada en un mercado reducen la competencia, elevan precios y limitan la innovación. La Escuela Austríaca enfatiza que el conocimiento práctico está disperso en millones de actores, y que son ellos —no un burócrata— quienes descubren las mejores soluciones a través de la prueba, el error y la competencia.

Cuando un permiso tarda meses en otorgarse, o sus requisitos son prohibitivos, el costo no solo lo paga el emprendedor que se queda fuera, sino también el consumidor, que pierde acceso a mejores opciones. La verdadera “protección” es un mercado abierto, donde la reputación, la competencia y la responsabilidad individual sean las que regulen.

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