De la moral a la ética

Una propuesta crítica para repensar lo personal y lo político desde la sabiduría práctica. 

En la historia del pensamiento, pocos conceptos han sido tan malinterpretados —o usados indistintamente— como los de moral y ética. Sin embargo, una revisión filosófica, política y económica del presente exige rescatar su diferencia esencial. Frente a una moral que remite a la moralis romana —la costumbre, lo socialmente aceptado—, la ética griega, en especial la aristotélica, se fundamenta en la frónesis (φρόνησις): la sabiduría práctica que discierne lo correcto aquí y ahora, no por dogma, sino por razón prudente, por atención a la realidad concreta.

Aristóteles en su Ética a Nicómaco sostuvo que el hombre virtuoso no es el que obedece reglas fijas, sino quien, en cada situación particular, ejercita la prudencia para actuar bien. Kant retomará esta noción como “razón práctica”, desligándola de los usos sociales o normas impuestas, para fundarla en el deber moral autónomo. En contraposición, la moral como costumbre muchas veces bloquea la mirada: impide ver el fenómeno tal como es, porque se lo filtra por la ideología heredada. Quien actúa por moral, muchas veces lo hace por miedo o aceptación social, no por comprensión.

En la política contemporánea esto se manifiesta de manera alarmante. La moral pública impuesta por discursos hegemónicos —ya sean progresistas o conservadores en exceso— termina anulando la deliberación ética. Por ejemplo, la “corrección política” moderna no se basa en una reflexión sobre el bien común o la dignidad humana, sino en un catálogo de normas sociales que se deben seguir para ser aceptado. Lo mismo ocurre en economías intervenidas: bajo la “moral del Estado protector”, se justifica el control sistemático de precios, de rentas, de subsidios, incluso cuando los resultados empíricos son catastróficos (Argentina, Venezuela, Cuba). Se actúa con moral dogmática, no con ética reflexiva.

Autores como Michael Polanyi, Friedrich Hayek y Wilhelm Röpke advirtieron que el orden social no puede sostenerse en normas impuestas desde arriba, sino en la cooperación espontánea de individuos responsables. Y esto solo es posible si las personas viven éticamente, es decir, si se comprometen con la deliberación racional sobre su entorno. La tradición liberal conservadora reivindica la libertad, pero no como libertinaje, sino como autodominio moral en sentido ético: la capacidad de actuar según principios elegidos responsablemente, no según costumbres impuestas o pasiones volátiles.

Ejemplo actual:
En el debate sobre la educación sexual en las escuelas, por ejemplo, vemos el choque entre dos morales: una que busca imponer contenidos progresistas desde el Estado, y otra que quiere prohibirlos desde visiones religiosas cerradas. Ambas olvidan la ética de la frónesis: el contexto del niño, la cultura local, la autonomía de las familias, la prudencia del docente. No se reflexiona sobre lo que es mejor en cada caso, sino que se milita una moral predefinida.

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Autor: 𝙏𝙤𝙣𝙖𝙩𝙞𝙪𝙝 𝙑𝙞𝙣𝙞𝙚𝙜𝙧𝙖 𝘿𝙖 𝙋𝙖𝙪𝙡𝙖 𝙊𝙡𝙞𝙫𝙚𝙞𝙧𝙖.

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