Hacia una nueva perspectiva.

Se nos ha hecho creer que la humanidad es un cáncer sobre el planeta Tierra, mientras morimos por pequeñas bacterias y virus. Se ha promovido el discurso de odio hacia la humanidad como una táctica de autodesprecio inducido. Constantemente se nos ha señalado como los culpables, sin juicio ni derecho a defensa.
Pocas veces pensamos en nosotros mismos como el universo despertando, con la obligación, como especie, de construir una civilización lo bastante inteligente y robusta como para perpetuarse. No somos la excepción a la naturaleza. Somos parte de su próximo capítulo.
La idea de que existimos fuera de la naturaleza es un error filosófico, político y científico. El planeta Tierra nunca ha sido delicado ni inmutable. Ese falso idealismo emocional nos obliga a pensar que tenemos el deber de protegerlo de nosotros mismos. En realidad, es un sistema caótico, violento y en transformación perpetua.
Antes de que la humanidad existiera, hubo glaciaciones que cubrieron continentes, incendios que arrasaron con la vida y extinciones masivas: el 99 % de las especies que han habitado este planeta están extintas. Nuestra civilización, con sus ciudades, contaminación, satélites y reactores, no es una anomalía artificial. No existimos fuera del universo ni de la naturaleza. Somos materia organizándose de una forma nueva, con la misma lógica con la que un volcán altera la atmósfera, un bosque de algas oxigena el mar o un oso desgarra a un pez para alimentarse. Somos el universo haciendo lo que siempre hace: cambiar, experimentar, destruirse y, algunas veces, evolucionar.
La extinción y el cambio climático son parte de la historia natural del planeta. ¿Por qué, entonces, se insiste en que es culpa nuestra? Porque la culpa y el miedo son las herramientas de control político más eficientes que existen.
Al pintarnos como villanos de la historia, se vuelve fácil justificar que otros decidan cómo debes vivir, qué puedes consumir y qué debes limitar. Hemos cambiado el pecado original por la “huella de carbono”. Esta nueva teología secular otorga a una élite de burócratas, tecnócratas y ONG el poder de administrar tu vida bajo el mandato moral de “salvar el mundo”. Cuando aceptas que existir es un problema, también aceptas que alguien más dicte la solución. La culpa desactiva tu soberanía. La culpa limita naciones.
El discurso de moda exige que pidamos perdón al planeta frenando nuestro desarrollo. Eso nos debilita como especie. No nos permite prepararnos para la fuerza y el caos del universo representados en este planeta. La lógica de la supervivencia dicta que tenemos que prepararnos, no limitarnos.
Al planeta le da igual: la Tierra no tiene un plan para nosotros. Ante un meteorito, una glaciación, un terremoto, una extinción masiva o una inversión de polos, no importará cuán “sostenibles” fuimos. La biosfera se reseteará con o sin nuestro permiso.
Si la naturaleza es indiferente y brutal, nuestra meta no puede ser congelar el clima en 1850. Nuestra meta es desarrollar capacidades físicas, energéticas, tecnológicas y la infraestructura necesaria para soportar cualquier shock. Necesitamos más capacidad, no menos. Más energía, no menos. Más avance técnico, no austeridad ritual.
Nuestra responsabilidad, si existe alguna, no es ser “jardineros” de un planeta que no pidió jardineros. Es asegurar que esta chispa de consciencia no se apague. El planeta Tierra no es un objeto que necesitamos proteger, sino un entorno dónde estámos ocurriendo. La especie en peligro de extinción es la humana y es, un plan político bien diseñado. Somos finitos, en términos relativos somos muerte y vida. Quizá una guerra nuclear, al igual que un virus producido en laboratorio o un ecosistema contaminado es sólo la aceleración empírica de la selección de humanos que sobrevivirá al futuro.
No estamos aquí para mantener el statu quo cósmico. Estamos aquí para persistir, aprender y navegar un universo que no nos debe nada. Abandonar el narcisismo de creernos “destructores” o “salvadores” es madurar como especie. Cuando soltamos la falsa culpa, liberamos energía mental para lo único urgente: usar nuestra inteligencia para garantizar la supervivencia y expansión de nuestra especie, sin pedir perdón y sin pedir permiso.
Roberto Jesús Rodríguez Vera.