La democracia no garantiza por sí sola la libertad. John Stuart Mill advirtió que una mayoría también puede convertirse en una fuente de opresión cuando intenta imponer sus opiniones, costumbres o valores a quienes piensan o viven de otra manera. Para Mill, esa presión no siempre proviene de las leyes: también puede aparecer mediante la opinión pública, la censura social, la ridiculización, la exclusión o la exigencia de conformidad.
La verdadera libertad requiere proteger la individualidad y el derecho a disentir. Una persona puede tener una creencia religiosa, abandonarla, adoptar otra, no profesar ninguna o simplemente sostener una opinión impopular. Que una mayoría considere determinada conducta extraña, incorrecta o incómoda no basta, por sí mismo, para justificar la coerción.
Aquí aparece el conocido principio del daño de Mill: la interferencia legítima sobre la libertad individual debe estar orientada a prevenir daños a otras personas, no simplemente a obligarlas a vivir conforme a las preferencias morales de la mayoría.
Por eso, una sociedad libre necesita algo más que elecciones y decisiones mayoritarias: necesita límites al poder, protección de las minorías, libertad de pensamiento y espacio para la diversidad.

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¿CUÁNDO LA MAYORÍA SE CONVIERTE EN TIRANÍA?