EL PROBLEMA CON LOS CLÁSICOS: LO QUE PENSABAN, LO QUE KEYNES VIO Y LO QUE ESTÁ PASANDO HOY

Para entender por qué Keynes fue tan importante, primero hay que entender qué pensaban los economistas que vinieron antes de él. Durante más de cien años, la teoría económica dominante tenía una respuesta muy cómoda para el desempleo: era culpa de los propios trabajadores. Esa respuesta no nació de la maldad, sino de una lógica interna que parecía perfectamente razonable sobre el papel. El problema es que la realidad se negó a comportarse como esa lógica esperaba.

Los economistas clásicos construyeron su visión del mundo sobre una idea poderosa y elegante. Según la Ley de Say, bajo los supuestos de competencia perfecta y libre mercado, era imposible la existencia de una crisis general, ya que de manera automática el sistema económico tiende al equilibrio entre la oferta y la demanda. Esto significaba que, ante la presencia de desempleo, los salarios se ajustarían a la baja y el sistema volvería al pleno empleo por sí solo. Traducido al lenguaje de todos los días: si hay muchas personas sin trabajo, los salarios bajan, las empresas contratan más porque les sale más barato, y el problema desaparece solo. Simple, limpio, automático.

El segundo pilar de esa visión era la flexibilidad de precios y salarios. La teoría clásica proponía que todos los mercados alcanzan el equilibrio gracias a ajustes en precios y salarios, que son completamente flexibles. Si existe un exceso de fuerza de trabajo, el salario se ajusta para absorber ese exceso. Y más importante aún, la teoría clásica sostenía que no existe el desempleo involuntario, porque un ajuste en los salarios siempre garantiza que los desempleados encontrarán trabajo. En otras palabras, si estás sin trabajo, según los clásicos, es porque no quisiste aceptar el salario que el mercado te ofrecía. Tú eliges no trabajar. La responsabilidad es tuya.

Este pensamiento tuvo una consecuencia práctica muy concreta: si el desempleo es una elección voluntaria, el gobierno no tiene que hacer nada. Solo tiene que dejar que el mercado haga su trabajo. Esperar, tener paciencia, y eventualmente todo se acomodará solo. Esa fue la respuesta oficial a la Gran Depresión de los años treinta, cuando millones de personas perdieron sus trabajos, sus casas y su dignidad. Esperen, decían los economistas. El mercado se corregirá.

Keynes miró esa realidad y dijo algo que sonó a herejía: eso no es lo que está pasando. Keynes sugirió que la flexibilidad salarial no produce necesariamente pleno empleo. Si bajar los salarios implica que la gente tiene menos ingresos, eso reduce el consumo, lo que a su vez reduce la rentabilidad de las inversiones y, en consecuencia, la demanda de trabajo. Dicho más simplemente: si bajas los salarios para que haya más empleo, la gente tiene menos dinero para gastar, las empresas venden menos, producen menos y terminan despidiendo a más personas. El remedio clásico podía empeorar la enfermedad.

Pero la crítica de Keynes fue más profunda que solo señalar ese círculo vicioso. Lo que él cuestionó fue la idea misma de que los salarios y los precios se ajustan de manera suave y rápida como un mecanismo de relojería. Keynes postulaba que los precios y los salarios no son flexibles como afirma la teoría clásica. Los salarios tienden a tener un límite inferior, es decir, a no bajar de un cierto mínimo porque los trabajadores no aceptan salarios que no les permitan vivir. Aquí está la clave que los clásicos ignoraban: los seres humanos no son piezas de un mercado perfecto. Tienen dignidad, tienen familia, tienen necesidades mínimas por debajo de las cuales simplemente no pueden vivir aunque quieran trabajar. Un padre de familia no puede aceptar un salario de hambre solo porque la teoría económica dice que debería hacerlo.

Además, Keynes rompió con la creencia de que la riqueza se genera en la producción, afirmando que en realidad se genera mediante su consumo. Cambió el enfoque tradicional de la oferta a otro centrado en la demanda. Esta inversión de perspectiva lo cambió todo. No es que primero se produce y luego automáticamente se vende. Es al revés: si no hay demanda, si nadie puede comprar, de nada sirve producir. La fábrica más eficiente del mundo no genera empleo si nadie tiene dinero para comprar lo que fabrica.

Ahora la pregunta que vale millones: ¿qué tiene que ver todo esto con lo que está pasando hoy en 2026?
Muchísimo. El debate que Keynes tuvo con los clásicos hace noventa años está ocurriendo de nuevo, pero con un disfraz nuevo que se llama inteligencia artificial y automatización.
Hoy el argumento que escuchamos en muchas empresas tecnológicas suena sospechosamente parecido al argumento clásico de los años treinta. La versión moderna dice así: la inteligencia artificial destruye empleos, sí, pero el mercado creará nuevos empleos en otros sectores, todo se ajustará solo, los trabajadores solo tienen que adaptarse y aprender nuevas habilidades. Es la Ley de Say del siglo veintiuno: no te preocupes, el mercado se autocorrige.

En el primer trimestre de 2026, las empresas tecnológicas estadounidenses anunciaron más de 81.000 despidos, con casi el 27% atribuido directamente a automatización por inteligencia artificial. Al mismo tiempo, las mismas empresas que despiden siguen contratando perfiles muy específicos y altamente especializados. El mercado no se está autocorrigiendo para todos por igual. Se está reordenando de manera que beneficia a quienes ya tienen habilidades avanzadas y deja atrás a quienes tienen trabajos rutinarios o de menor especialización.

Esto es exactamente lo que Keynes señaló: el desempleo no siempre es una elección. El desempleo tecnológico es un tipo de desempleo estructural causado por el progreso tecnológico y la innovación, especialmente por la introducción de tecnologías como la robótica, las TIC y más recientemente la inteligencia artificial. Un operador de call center de cuarenta años que pierde su trabajo porque un sistema de IA ahora hace lo que él hacía, no es alguien que eligió no trabajar. Es alguien que el sistema dejó atrás, igual que los millones de personas que Keynes vio en las calles durante la Gran Depresión.

El paralelismo es escalofriante. Los clásicos de los años treinta decían que el mercado se corregiría solo si dejaban que los salarios bajaran. Los optimistas tecnológicos de hoy dicen que el mercado creará nuevos empleos si la gente se capacita. Ambas respuestas tienen algo de verdad y ambas ignoran algo fundamental: el tiempo que tarda ese ajuste puede significar años de sufrimiento para personas reales, familias reales, comunidades reales. Y durante ese tiempo de espera, si nadie actúa, la demanda cae, las empresas venden menos, y la crisis se amplifica sola.

La lección de Keynes no es que el mercado siempre esté mal ni que el gobierno siempre tenga razón. La lección es que cuando el sistema falla en generar suficientes empleos para quienes quieren trabajar, no basta con decirles que esperen o que se adapten. Se necesitan políticas activas: inversión en educación y reentrenamiento laboral, estímulos económicos que sostengan la demanda, redes de protección que amortigüen el golpe mientras ocurre la transición. No como caridad, sino como una decisión económica inteligente que evita que el círculo vicioso del desempleo masivo arrastre a toda la economía.

Hoy, como en 1936, la pregunta sigue siendo la misma: ¿esperamos que el mercado se corrija solo o actuamos para que la transición sea más justa y menos costosa para las personas? Keynes ya respondió esa pregunta una vez. Su respuesta sigue siendo tan válida y tan urgente como el primer día.

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